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Se quedó, llorando y rezando. Ya había limpiado el cajón y le había cambiado la carpeta que lo cubría. Cada vez que iba, llevaba una limpia y si podía compraba una nueva . El se merecía aún después de muerto lo mejor.
Estaba dentro de la Bóveda en dónde yacía su marido desde hacía unos pocos meses.
La Chacarita… Cúantas veces después de aquel fatídico 4 de Abril, día en que el corazón de José se rindió, ella había ido a ver y acariciar ese ataúd repleto de emociones que ya no existían más.
Con tanto sufrimiento y dolor por esa viudez no deseada ni esperada, fueron pasando las horas de ese día inusual, sin que se diera cuenta. Seguía parada frente al único amor de su vida, que ahora era solo un recuerdo atado a la inquietud de no saber cómo seguir adelante con sus hijas. El futuro se le presentaba ahora tan cruel.
Miró hacia un costado y observó que por la ventana solo se veía oscuridad, se había ido la luz . La misma que la había acompañado y guíado como siempre hasta ese lugar. En ese instante, la noche lo cubría todo. Durante cúanto tiempo, había esquivado la realidad cayendo en un éxtasis tan profundo dónde las horas y su valor dejan de existir?
Se dio la vuelta, salió de la bóveda, ni siquiera pensó en cerrar la puerta. Comenzó a envolverla un solo pensamiento: irse de La Chacarita para volver a su casa. No entendía porqué estaba todo tan diferente, llegó de día, cúando y cómo se hizo de noche? Realidad doblemente transformada.
Gritó llamando a los cuidadores, empleados del cementerio. Nadie contestó.
Pedía ayuda a cualquiera que la escuchara, estaba muy atemorizada. Cuando llegó había mucha gente, ahora nadie le respondía.
Hasta que apareció de la nada un hombre uniformado que se asustó al verla, y le dijo con voz fuerte y ronca: Sra. Ya no es hora de visitas. Ella como pudo, con las piernas temblorosas corrió hacia él y le pidió muy asustada que la sacara de allí.
Vamos Sra. La puerta de salida está por aquí.
Lo acometió una profunda tristeza. Terminaba de leer algunos párrafos de Visceral de Ampuero, la ecuatoriana y cavilaba. La lectura desde el costado literario, se le hizo llevadera, interesante, no obstante quedó como exhausto. Seguramente leyó de un tirón, pudo haber sido eso. Al cabo de pensarlo lo descartó. Sabía que era otra cosa, rechazo. Rechazo al contenido. Pensó en quién lo envió al grupo. Una mujer sola, permanentemente viajando, viviendo en otro país, ganando mucho dinero con su profesión de marketinera en el candelero, muy recomendada. Las integrantes que lo confundían eran otras. Tenían hijos, alguna una pareja con la que aparentemente se llevaban bien y disfrutaba de la vida. También eran profesionales y su metier era la Literatura, Siempre aportaban sus conocimientos y enviaban tips con sugerencias y enseñanzas muy útiles, certeras, que servían de mucho. Se sentía triste, pero no era una tristeza acongojante, sino como cierta frustración de asimilar esos comentarios misàndricos de la escritora que hacía un rato nada más, leyó de corrido. Todos los varones que aparecían en el texto, eran perversos. Por ejemplo uno, llevó dos niñas a un parque cercano, contiguo a otro, en el cual estaban jugando. Con promesas de que sería mejor, que había otros juegos divertidos, logró la mudanza que además las alejaba de la casa. Una tenía un rollo con la gordura. Normal. Un mundo donde se privilegia ante todo la figura, el exterior de una mujer, sus líneas, su cabello, sus tetas y cola, sus piernas. Para la chiquilla, ser gorda, siendo que su mamá también, ejemplo ingrato pero real, constituía una especie de pesadilla. El relato describió previamente, los sacrificios y las distintas variables que se conocían en esa época, para precisamente llegar a la delgadez ansiada. Cualquier recurso, se suponía válido, simplemente el tratamiento no importaba sino, su resultado. Se lograría la felicidad de las féminas gordas, siempre y cuando tuviesen la voluntad de efectuar la mutación de esa persona despreciable, hinchada y fofa, así se sentían y veían, en las flacas y apolíneas figuras que ansiaban reflejar en sus espejos. Entonces fue la elegida por el degenerado que simulando que todo era juego, manoseó, se metió con el cuerpo de la gordita, que estimulada por sus propios deseos, se dejaba hacer y más aún participaba con ello de la crueldad y lascivia que trasuntaban los movimientos y gestos de brazos, manos y cuerpo en general, qué instrumentaba el perverso demonio del basura (hombre). De improviso la aparición de la atribulada madre, corriendo a parque traviesa y a los gritos, dio por terminada las lecciones masculinas. El hijo e´puta tratando de disimular, calladamente se apartó temeroso de la escena. Asustado tal vez, o defensivamente, se alejó a las zancadas de allí.
____ A casa, que se hace de noche… gritaba mamá, mientras sujetaba fuertemente de las muñecas a las niñas, obviamente las emociones y fatiga de la gordita, le impedían trotar al ritmo que imponía la furibunda señora.
Volviendo a los textos leídos con gran desazón, es como que actualmente, existe una cierta convicción previa a cualquier análisis, de que los varones son todos misóginos. Hasta aquellos que como vemos son buenos maridos y dedicados papás, son pasibles de pertenecer al interior de esa bolsa de gatos, todos iguales, al fin, muestran la hilacha. Para sustentar la teoría, a toda edad, es manifiesta la alianza de las mujeres con respecto al patriarcado que las marginó en los siglos anteriores. Ahora viven plenamente. Políticas, Profesionales, Independientes, Derivando tareas que tiempos atrás, fueron exclusivamente a su cargo. La limpieza de la casa, las compras, la cocina, el cuidado de los niños, etc. Tareas que se fueron tornando, al menos, compartidas por ambos sexos. Ni que hablar del trabajo y de las decisiones Pasan por ellas obvio. Difícil de explicar, porque ya lo sabemos, es notorio y aceptado.
¿Será porque así no era antes, siglos atrás? Y no tanto, hace alrededor de cincuenta, sesenta, setenta años, más o menos.
Tengo la ingrata sensación y el malestar que produce, asistir a toda clase de peyorativas alusiones a los varones, a los masculinos cómo los llaman los uniformados en diversas situaciones en que se los nombra. Hasta pareciera que no es adrede para nada. Sencillamente aflora, aparece la frase, el gesto de la cara, ese semblante que no es sonrisa, sino algo como, somos compinches. No es evidente, no. Pero está ahí, mirando a los desdichados desde ese lugar más arriba que parece que existirá, pero no se dice. Implícito. No hablemos del número, de lo presencial y/o lo digital, Siempre, pero siempre, ellas son más y se nota mucho. Son menos en el fútbol, el boxeo, en las orquestas grandes, pero en las clases de yoga, Pilates, o en otras artes orientales, en los coros, en cursos y talleres de toda índole, los hombres son muy pocos Seis mujeres, dos tipos. Entre sopranos y contraltos cuarenta mujeres, tenores, barítonos y bajos, unos quince. ¿Y varón? La proporción es más que evidente, así que nada macho, es así… Misandria…
Para ir los viernes a la casa de Stella, Cristina siempre doblaba en la misma esquina porque el trayecto era más corto. En el recorrido era poco común ver gente caminando por las calles. El barrio era muy tranquilo y de casas bajas.
En la primera cuadra predominaban los chalets de estilo inglés, con amplios jardines y cercas bajas. La mayoría de sus habitantes eran personas mayores, viejos vecinos del barrio.
A diferencia en la segunda cuadra, al cruzar la calle Alvear, las casas eran diferentes y una en particular rompía con el diseño del barrio, era de techo plano y forma de cubo, siempre estaba cerrada y parecía no tener una puerta por dónde entrar. Sólo el sonido de un piano, bien ejecutado, revelaba que alguien la habitaba.
Pero ese viernes Cristina vio algo que la asombró, una antigua y gruesa puerta de hierro entreabierta. Nunca la había visto. ¿Había algo que la tapaba y ella no se dio cuenta? Se preguntó ¿Estuvo siempre ahí? ¿Puedo ser tan distraída? La curiosidad la llevó a animarse a empujar sigilosa la pesada puerta, el piano comenzó a sonar, solo vio una persona de espaldas, de oscuro y largo vestido negro a la que no le vio el rostro. Se detuvo unos instantes, no se animó a hablarle y se fue sin saber quién era.
El jugador que maravillaba al “hincha” retornó a su Argentina.
¿Qué hizo primero, antes que nada?
Salió de la que fuera su casa, después de pasar por el baño y dejar su equipaje. Ansiaba caminar unas cuadras, y comenzó a hacerlo sin rumbo. Aunque sin proponérselo, supo para qué lado quería ir… ¡Ese era su barrio!
Se llegaría hasta el Club. Recordó que inició allí su carrera deportiva. Siendo medio niño todavía, entrando en la pubertad.
Recorrió la zona, todavía estaba el kiosko que vendía los cigarrillos de a uno, también divisó la clínica donde el kinesio masajeaba a los integrantes del equipo además de entrenarlos; pasaba por la entrada de coches del hotel alojamiento y entonces dio la vuelta entrando en la otra calle. Buscaba con la mirada porque tenía la sensación de que le birlaron la puerta de Esther. (Empleada doméstica de una vecina).
¿ Es que se perdieron mis recuerdos ? ¡Qué raro, la puerta de hierro, era angosta, baja, a gatas llegaba a pasar los dos metros de altura, pintada de un gris mediano, ni oscura ni clara… Lo que más me golpeaba la cabeza y el corazón, es que me imaginaba el momento de golpear lo más silencioso posible, y que atrás de la puerta estaba seguro de encontrar, algo que me producía tanta emoción… Qué estuviera y me abriese enseguida la que fuera mi novia, la primera, la Esther, que todas las tardes me esperaba cuando empezaba a anochecer. El umbral se ensombrecía, ella a esa hora ya quedaba liberada por su patrona, de habituales quehaceres, ya que hasta la cena dejaba preparada, algo así como un recreo vespertino. ¡Volaba mi excitación, los pies clavados en la angosta calle empedrada, mal iluminada…¡No estaba esa puerta!! ¿Era posible? ¿Era posible lo que estaba viendo, ese desgraciado espejismo?
Una fachada de amplia entrada, con dos puertas de vidrio, rematada arriba, rezando en el amplio cartel al frente:
Era una tarde fresca de primavera. Caminaba por el barrio como lo hacía siempre a la misma hora.
Algo hizo que me detuviera frente a una puerta que estaba entreabierta y, a pesar de mi temor, la traspasé.
De pronto me encontré en un barco, era el año 1924, había allí muchas familias y cantidad de niños de diferentes edades jugando en la cubierta.
En ese instante mi vista se detuvo en una niña que no tendría más de cuatroaños, que estaba correteando por ahí. Luego entendí por qué.
Traían en grandes baúles las pertenencias que habían podido salvar, buscando su lugar en el mundo, un país lejano llamado Argentina.
Yo sólo observaba lo que ocurría y así pude descubrir que allí estaba mi propia familia, que esa niña que atrajo mi mirada era mi madre y como ése fue el comienzo de su libertad.