Una puerta a la imaginación: UPAMI invita a escribir nuevas historias

En el marco del taller de Escritura Creativa, los alumnos se animaron una vez más a transformar una consigna en historias. Esta vez, una puerta fue el punto de partida para imaginar mundos, recuerdos y personajes a través de la escritura.

Para ir

David Finkielsztein

Lo vieron dejar el caserío encorvado como siempre, con los cordones de los borceguíes sueltos, mascullando dios sabe qué.

Se internó en el robledal con la misma cara de pocos amigos con la que pedía el café con leche en la posta, respondía los buenos días, o recibía la jubilación en el pequeño banco local.

Caminó con la seguridad de quien conoce los laberintos entre las ramas retorcidas y la hojarasca crujiente.

La luz apenas se filtraba entre la enramada dibujando estelas luminosas que confirmaban la existencia de un ser superior con un gusto exquisito por esas pinturas mágicas.

Guardó en los ojos los dibujos que hacía el polvo cabalgando los haces de luz.

En un recodo del camino sintió que el paisaje no era lo que recordaba. Entre dos robles añosos de copas pobladas que se inclinaban una sobre la otra como acompañándose, un hueco de luz dejaba ver una gramilla casi iridiscente de verdor, al cruzar el  vano, un olor a pasas rancias le inundó las narices y ahí con el cuello venoso y brillante un jamelgo huesudo ramoneaba las puntas de la hierba.

Un tic le viboreaba  la paleta delantera, haciendo que las crines cambiaran de color bajo la luz del sol en cada parpadeo del nervio.

Se acercó en silencio para no espantarlo, hasta que el matungo levantó apenas la cabeza para mirarlo directo a los ojos, se acercó entonces revoleando apenas el cogote hasta que el hocico le toco el muslo.

Extendió la palma lentamente para rascarle el cuello y el rocín levanto la cabeza para ofrecerle el hocico húmedo, le rascó la frente.

Era Toribio el malacara que tenia el abuelo en la finca donde pasaba los veranos, manso como un perrito que se acercaba cuando llegaba porque sabía que traía los bolsillos cargados de tesoros.

Alguna manzana, o zanahorias que le escatimaba a la abuela aunque le llenara de repasadorazos las piernas.

A veces para la siesta se acostaba panza abajo en Toribio y así los dos a pelo, se quedaba frito mientras Toribio apenas de puntillas para no despertarlo salía a pastar al montecito.

Toribio se puso borroso tuvo que enjugarse varias veces para recuperar la vista.

Se tomó con fuerza de las crines y de un solo salto lo montó, Toribio apenas reculó.

El suéter descolorido y la camisa volaron juntos en un  solo gesto, pateó los borceguíes que se desprendieron de los pies y así con el pecho huesudo al aire y descalzo se recostó con los brazos colgando a los lados.

Lo hallaron varios días después semidesnudo recostado boca abajo en una de las ramas bajas de un roble, exánime con la cara medio comida por los escarabajos y una sonrisa de oreja a oreja.

Una puerta inesperada en Caballito

Ricardo Galdós

Posiblemente haya sido una creación del arquitecto, una broma del constructor o simplemente un error. Lo cierto es que al final del pasillo, en el patio donde termina la casa, sobre la medianera con el vecino del fondo, había una puerta inesperada. Sobre ese paredón gris, pleno de huellas del tiempo, lluvias y humedades, se enmarcaba una puerta de hierro forjado: barras torsionadas por delante y un vidrio negro por detrás que no permitía atisbo alguno de lo que pudiera haber o suceder del otro lado.

Curiosamente, nunca nadie en la casa intentó averiguar qué significaba esa puerta allí, hacia dónde conducía, qué había del otro lado o si era acaso una intervención artística sobre el triste gris del muro medianero.

Arriba, sobre el lado izquierdo de la abertura, había una clásica placa ovalada, blanca con una numeración en negro que la identificaba: 666.
Don Esteban llevaba vividos sus 79 años en esa misma casa y nunca, nunca, intentó siquiera averiguar a dónde llevaba esa puerta, pero lo sospechaba.

—No jovencito, ni siquiera lo intente. No quiera saber qué hay detrás. El mismísimo Belcebú puede estar allí dentro. No intente abrir las puertas del infierno o desatará tempestades. Le puedo asegurar que hay noches en las que se dejan oír llantos y ayes de las torturadas víctimas del demonio.

Interesante y extraño, pero resulta que a la vuelta, por la calle de atrás, donde tiene frente el misterioso vecino, estaba la seccional 12 de la Federal, territorio del inexplicable comisario Margaride —¡cruz diablo!—. De seguro, al final del camino, el tipo tenía pase directo a los dantescos ríos de sangre hirviente del séptimo círculo, donde a diario se ha de cruzar con chacales de toda bandería, sus amigos y sus enemigos.

FIN
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NB – En la década del ’60, Margaride manejaba una brigada para defender “las buenas costumbres”; infieles, homosexuales, pelilargos y chicas con minifaldas eran víctimas de sus persecuciones en nombre de la moral En los 70 comandó la AAA.
(ref.: La Nación, Clarín, Infobae)
RG 24-09-2026

¿En qué momento se hizo de noche?

Mónica Sarquis

Se quedó, llorando y rezando. Ya había limpiado el cajón y le había cambiado la carpeta que lo cubría. Cada vez que iba, llevaba una limpia y si podía compraba una nueva . El se merecía aún después de muerto lo mejor.

Estaba dentro de la Bóveda en dónde yacía su marido desde hacía unos pocos meses.
La Chacarita… Cúantas veces después de aquel fatídico 4 de Abril, día en que el corazón de José se rindió, ella había ido a ver y acariciar ese ataúd repleto de emociones que ya no existían más.

Con tanto sufrimiento y dolor por esa viudez no deseada ni esperada, fueron pasando las horas de ese día inusual, sin que se diera cuenta. Seguía parada frente al único amor de su vida, que ahora era solo un recuerdo atado a la inquietud de no saber cómo seguir adelante con sus hijas. El futuro se le presentaba ahora tan cruel.

Miró hacia un costado y observó que por la ventana solo se veía oscuridad, se había ido la luz . La misma que la había acompañado y guíado como siempre hasta ese lugar. En ese instante, la noche lo cubría todo. Durante cúanto tiempo, había esquivado la realidad cayendo en un éxtasis tan profundo dónde las horas y su valor dejan de existir?

Se dio la vuelta, salió de la bóveda, ni siquiera pensó en cerrar la puerta. Comenzó a envolverla un solo pensamiento: irse de La Chacarita para volver a su casa. No entendía porqué estaba todo tan diferente, llegó de día, cúando y cómo se hizo de noche? Realidad doblemente transformada.

Gritó llamando a los cuidadores, empleados del cementerio. Nadie contestó.

Pedía ayuda a cualquiera que la escuchara, estaba muy atemorizada. Cuando llegó había mucha gente, ahora nadie le respondía.

Hasta que apareció de la nada un hombre uniformado que se asustó al verla, y le dijo con voz fuerte y ronca: Sra. Ya no es hora de visitas. Ella como pudo, con las piernas temblorosas corrió hacia él y le pidió muy asustada que la sacara de allí.

Vamos Sra. La puerta de salida está por aquí.

MISANDRIA

Enrique Ehrlich

Lo acometió una profunda tristeza. Terminaba de leer algunos párrafos de Visceral de Ampuero, la ecuatoriana y cavilaba. La lectura desde el costado literario, se le hizo llevadera, interesante, no obstante quedó como exhausto. Seguramente leyó de un tirón, pudo haber sido eso. Al cabo de pensarlo lo descartó. Sabía que era otra cosa, rechazo. Rechazo al contenido. Pensó en quién lo envió al grupo. Una mujer sola, permanentemente viajando, viviendo en otro país, ganando mucho dinero con su profesión de marketinera en el candelero, muy recomendada. Las integrantes que lo confundían eran otras. Tenían hijos, alguna una pareja con la que aparentemente se llevaban bien y disfrutaba de la vida. También eran profesionales y su metier era la Literatura, Siempre aportaban sus conocimientos y enviaban tips con sugerencias y enseñanzas muy útiles, certeras, que servían de mucho. Se sentía triste, pero no era una tristeza acongojante, sino como cierta frustración de asimilar esos comentarios misàndricos de la escritora que hacía un rato nada más, leyó de corrido. Todos los varones que aparecían en el texto, eran perversos. Por ejemplo uno, llevó dos niñas a un parque cercano, contiguo a otro, en el cual estaban jugando. Con promesas de que sería mejor, que había otros juegos divertidos, logró la mudanza que además las alejaba de la casa. Una tenía un rollo con la gordura. Normal. Un mundo donde se privilegia ante todo la figura, el exterior de una mujer, sus líneas, su cabello, sus tetas y cola, sus piernas. Para la chiquilla, ser gorda, siendo que su mamá también, ejemplo ingrato pero real, constituía una especie de pesadilla. El relato describió previamente, los sacrificios y las distintas variables que se conocían en esa época, para precisamente llegar a la delgadez ansiada. Cualquier recurso, se suponía válido, simplemente el tratamiento no importaba sino, su resultado. Se lograría la felicidad de las féminas gordas, siempre y cuando tuviesen la voluntad de efectuar la mutación de esa persona despreciable, hinchada y fofa, así se sentían y veían, en las flacas y apolíneas figuras que ansiaban reflejar en sus espejos. Entonces fue la elegida por el degenerado que simulando que todo era juego, manoseó, se metió con el cuerpo de la gordita, que estimulada por sus propios deseos, se dejaba hacer y más aún participaba con ello de la crueldad y lascivia que trasuntaban los movimientos y gestos de brazos, manos y cuerpo en general, qué instrumentaba el perverso demonio del basura (hombre). De improviso la aparición de la atribulada madre, corriendo a parque traviesa y a los gritos, dio por terminada las lecciones masculinas. El hijo e´puta tratando de disimular, calladamente se apartó temeroso de la escena. Asustado tal vez, o defensivamente, se alejó a las zancadas de allí.

____ A casa, que se hace de noche… gritaba mamá, mientras sujetaba fuertemente de las muñecas a las niñas, obviamente las emociones y fatiga de la gordita, le impedían trotar al ritmo que imponía la furibunda señora.

Volviendo a los textos leídos con gran desazón, es como que actualmente, existe una cierta convicción previa a cualquier análisis, de que los varones son todos misóginos. Hasta aquellos que como vemos son buenos maridos y dedicados papás, son pasibles de pertenecer al interior de esa bolsa de gatos, todos iguales, al fin, muestran la hilacha. Para sustentar la teoría, a toda edad, es manifiesta la alianza de las mujeres con respecto al patriarcado que las marginó en los siglos anteriores. Ahora viven plenamente. Políticas, Profesionales, Independientes, Derivando tareas que tiempos atrás, fueron exclusivamente a su cargo. La limpieza de la casa, las compras, la cocina, el cuidado de los niños, etc. Tareas que se fueron tornando, al menos, compartidas por ambos sexos. Ni que hablar del trabajo y de las decisiones Pasan por ellas obvio. Difícil de explicar, porque ya lo sabemos, es notorio y aceptado.

¿Será porque así no era antes, siglos atrás? Y no tanto, hace alrededor de cincuenta, sesenta, setenta años, más o menos.

Tengo la ingrata sensación y el malestar que produce, asistir a toda clase de peyorativas alusiones a los varones, a los masculinos cómo los llaman los uniformados en diversas situaciones en que se los nombra. Hasta pareciera que no es adrede para nada. Sencillamente aflora, aparece la frase, el gesto de la cara, ese semblante que no es sonrisa, sino algo como, somos compinches. No es evidente, no. Pero está ahí, mirando a los desdichados desde ese lugar más arriba que parece que existirá, pero no se dice. Implícito. No hablemos del número, de lo presencial y/o lo digital, Siempre, pero siempre, ellas son más y se nota mucho. Son menos en el fútbol, el boxeo, en las orquestas grandes, pero en las clases de yoga, Pilates, o en otras artes orientales, en los coros, en cursos y talleres de toda índole, los hombres son muy pocos Seis mujeres, dos tipos. Entre sopranos y contraltos cuarenta mujeres, tenores, barítonos y bajos, unos quince. ¿Y varón? La proporción es más que evidente, así que nada macho, es así… Misandria…

«Una puerta inesperada»

Haydée Palazzolo

Para ir los viernes a la casa de Stella, Cristina siempre doblaba en la misma esquina porque el trayecto era más corto. En el recorrido era poco común ver gente caminando por las calles. El barrio era muy tranquilo y de casas bajas.

En la primera cuadra predominaban los chalets de estilo inglés, con amplios jardines y cercas bajas. La mayoría de sus habitantes eran personas mayores, viejos vecinos del barrio.

A diferencia en la segunda cuadra, al cruzar la calle Alvear, las casas eran diferentes y una en particular rompía con el diseño del barrio, era de techo plano y forma de cubo, siempre estaba cerrada y parecía no tener una puerta por dónde entrar. Sólo el sonido de un piano, bien ejecutado, revelaba que alguien la habitaba.

Pero ese viernes Cristina vio algo que la asombró, una antigua y gruesa puerta de hierro entreabierta. Nunca la había visto. ¿Había algo que la tapaba y ella no se dio cuenta? Se preguntó ¿Estuvo siempre ahí? ¿Puedo ser tan distraída? La curiosidad la llevó a animarse a empujar sigilosa la pesada puerta, el piano comenzó a sonar, solo vio una persona de espaldas, de oscuro y largo vestido negro a la que no le vio el rostro. Se detuvo unos instantes, no se animó a hablarle y se fue sin saber quién era.

Enrique Ehrlich

El jugador que maravillaba al “hincha” retornó a su Argentina.

¿Qué hizo primero, antes que nada?

Salió de la que fuera su casa, después de pasar por el baño y dejar su equipaje. Ansiaba caminar unas cuadras, y comenzó a hacerlo sin rumbo. Aunque sin proponérselo, supo para qué lado quería ir… ¡Ese era su barrio!

Se llegaría hasta el Club. Recordó que inició allí su carrera deportiva. Siendo medio niño todavía, entrando en la pubertad.

Recorrió la zona, todavía estaba el kiosko que vendía los cigarrillos de a uno, también divisó la clínica donde el kinesio masajeaba a los integrantes del equipo además de entrenarlos; pasaba por la entrada de coches del hotel alojamiento y entonces dio la vuelta entrando en la otra calle. Buscaba con la mirada porque tenía la sensación de que le birlaron la puerta de Esther. (Empleada doméstica de una vecina).

¿ Es que se perdieron mis recuerdos ? ¡Qué raro, la puerta de hierro, era angosta, baja, a gatas llegaba a pasar los dos metros de altura, pintada de un gris mediano, ni oscura ni clara… Lo que más me golpeaba la cabeza y el corazón, es que me imaginaba el momento de golpear lo más silencioso posible, y que atrás de la puerta estaba seguro de encontrar, algo que me producía tanta emoción… Qué estuviera y me abriese enseguida la que fuera mi novia, la primera, la Esther, que todas las tardes me esperaba cuando empezaba a anochecer. El umbral se ensombrecía, ella a esa hora ya quedaba liberada por su patrona, de habituales quehaceres, ya que hasta la cena dejaba preparada, algo así como un recreo vespertino. ¡Volaba mi excitación, los pies clavados en la angosta calle empedrada, mal iluminada…¡No estaba esa puerta!! ¿Era posible? ¿Era posible lo que estaba viendo, ese desgraciado espejismo?

Una fachada de amplia entrada, con dos puertas de vidrio, rematada arriba, rezando en el amplio cartel al frente:

Heladería ESTHER, «la preferida de los futboleros»

LIBERTAD

Marcela Lerner

Era una tarde fresca de primavera. Caminaba por el barrio como lo hacía siempre a la misma hora.

Algo hizo que me detuviera frente a una puerta que estaba entreabierta y, a pesar de mi temor, la traspasé.

De pronto me encontré en un barco, era el año 1924, había allí muchas familias y cantidad de niños de diferentes edades jugando en la cubierta.

En ese instante mi vista se detuvo en una niña que no tendría más de cuatroaños, que estaba correteando por ahí. Luego entendí por qué.

Traían en grandes baúles las pertenencias que habían podido salvar, buscando su lugar en el mundo, un país lejano llamado Argentina.

Yo sólo observaba lo que ocurría y así pude descubrir que allí estaba mi propia familia, que esa niña que atrajo mi mirada era mi madre y como ése fue el comienzo de su libertad.