No soy de aquí, ni soy de allá

Buenos Aires, una ciudad intimidante, ruidosa e inquieta, a través de ojos ajenos nos lleva a reformular la imagen negativa y estereotipada del porteño.

Rocío Mayendyé Pacheco Roldán (alumna de intercambio)

Rocío Mayendyé Pacheco Roldán, en las alturas de un skybar en Buenos Aires

Como boliviana, pero hija de una mujer argentina, esperaba llegar a Buenos Aires y tener un menor choque cultural. Si bien estaba arribando a una ciudad diez veces más grande de la que estoy acostumbrada, aun así, esperaba percibir más similitudes que diferencias.

Soy una estudiante de intercambio que llegó a Buenos Aires en marzo de 2024, atraída por la idea de un lugar completamente diferente. En Bolivia siempre me sentí un poco desconfigurada porque, por más que soy de allá, no comparto muchas costumbres, como los tributos a la madre tierra, a la virgencita, el día de los muertos o festividades que tienen un origen indígena, que muchos de mis compañeros tenían, pero yo percibía ajenos.

Por otro lado, al llegar a Buenos Aires me sentí más ajena de lo que esperaba, por más que llevo un DNI que dice que pertenezco a este país. De todas formas, sentí confianza suficiente en mi capacidad de adaptarme rápidamente a entornos nuevos.

Aun así, la alta confianza de los argentinos, hablando como si gritaran, fue una de las primeras cosas que me intimidó. Incluso sentí que los argentinos siempre argumentarán como si tuvieran la razón, aunque no estén completamente seguros de lo que dicen. Uno piensa que lo están tratando mal, pero en realidad es así como hablan. Al venir de una cultura en donde la gente habla más lento, suave y en un volumen más bajo, me hizo sentir como si me faltara valor al hablar. Después de un par de meses aquí, creo que tuve que aumentar mi tono de voz para ser más escuchada, de alguna manera ganando más seguridad en lo que digo.

Percibí que los argentinos me consideraban una persona introvertida y reservada a pesar de que en Bolivia la gente me considera una persona sociable. También en parte debe ser que di un paso grande de vivir en una ciudad pequeña a vivir e interactuar con personas en una ciudad tan grande como Buenos Aires.

Vista de la Facultad de Derecho, en Buenos Aires (fuente: Rocío Mayendyé Pacheco Roldán)

Porque en la ciudad del tango no existe el silencio; es una ciudad que se encuentra en constante movimiento, como dice la canción, es la “Ciudad de la furia”. En la que siempre escucharás el sonido de la calle por más que estés encerrado en tu cuarto. Puede que sean las 4 de la mañana, pero tu podrás encontrar el transporte público funcionando con normalidad (siempre y cuando no haya paro).

Así como en la ciudad no hay silencio, la gente tampoco está acostumbrada a que no haya ruido y siempre encontrarán la forma de charlarte, aunque sea de un tema completamente al azar. Pero al ser una persona más callada y tranquila me sentí agobiada porque provengo de una cultura donde existen más silencios y no tienen que ser necesariamente incómodos.

De todas formas, me sentí sorprendida por esta forma de ser tan directos. La gente no tiene tantos rodeos y, si quiere decir algo, lo dirá. Elsa, una compañero peruana que también está de intercambio, me comentaba: “los argentinos son muy habladores, algo que los caracteriza es el hablar mucho y eso es algo lindo, dan mucho su opinión lo cual me parece muy importante”.

Otra primera impresión que tuve al llegar fue la frialdad de los argentinos, en comparación con los demás latinos. Estuve compartiendo departamento con un grupo de colombianos y todos acordábamos que habíamos sentido que la gente no es tan cálida y eso nos sorprendió. Al mismo tiempo, mi tía, que es tucumana, pero vivió mucho tiempo en Buenos Aires, me comentó: “el argentino [por el porteño] solo se preocupa por sí mismo”.

La avenida Corrientes, con el Obelisco porteño de fondo (fuente: Pixabay)

Ahora no creo que sea necesariamente así. Me pongo a pensar que, al ser una ciudad tan grande y llena de gente, cada uno anda en su burbuja y no mira tanto alrededor, pero eso no significa que sean egoístas.

Después tuve algunas buenas experiencias que cambiaron esa forma de pensar sobre los argentinos en especial sobre el estereotipo del porteño: una persona altanera. En la universidad, la gente no suele acercarse directamente a ti, tú tienes que acercarte a ellos, pero siempre te recibirán bien. En alguna ocasión pedí ayuda a mis compañeros y siempre estuvieron predispuestos a acompañarme. Así que me di cuenta de que tal vez el argentino no se te acercará con la intención de incluirte, pero, si te le acercas, siempre te recibirá de buena gana.

Una de las costumbres que más me gustan es la de compartir el mate. En casa, mi madre siempre lo toma, pero nunca le agarré el gusto porque no me parece que tenga un sabor muy agradable. Aquí en cambio, en la universidad los chicos se andan pasando el mate y siempre me convidan, lo cual me hizo sentir incluida de alguna forma sutil.

Imagen del subte porteño, una de las atracciones de la ciudad (fuente: Pixabay)

Jade, una amiga francesa que también está de intercambio me decía: “en Francia tenemos pausa de café, pero cada uno tiene su café, no se comparte. El mate es una tradición de compartir y eso me gusta”. De esa manera, empecé a disfrutar del mate más que todo por la acción de compartir.

Buenos Aires: una ciudad intimidante, ruidosa e inquieta. Muchas veces, hablando con argentinos, como algún conductor de un Uber, me he dado cuenta de que realmente a ellos no les gusta mucho su ciudad. Me preguntaban que hago aquí y si me gusta. La verdad es que, por más que haya encontrado muchos choques culturales, esta ciudad me encanta. Porque aquí uno puede crecer mucho, se puede relacionar con todo tipo de gente y sentir mucha más libertad. La gente anda en su mundo, pero eso también es positivo porque hay menos miedo del que dirán y aquí siento que puedo ser mucho más auténtica y que encontré gente linda con la que conectar. Hay mucha diversidad.

Algo simple que me gusta de esta ciudad, dejando de lado su linda arquitectura con estilo francés, las calles iluminadas y los parques tan grandes que tiene, es el subte. En parte, porque es muy fácil de usar, es accesible y eficiente. Pero más me gusta porque se puede encontrar gente que canta, baila o rapea. Sé que lo hacen por necesidad y eso me da mucha pena, pero al mismo tiempo siento que le da vida al ambiente. Una vez, unos jóvenes se pusieron a bailar de forma graciosa y tierna y me puse a pensar en que este lugar tiene mucha vida, pasión y colores.

Un día, una amiga me pidió que la acompañara a la marcha por la educación pública. Y, si bien no me gusta la política, me gustó ver cómo la gente de diferentes grupos sociales se une por un mismo motivo y la pasión se siente en el ambiente. Tal vez, Argentina se encuentre muy polarizada y dividida por diversos temas, pero se mantiene una constante: su pasión. Ahí fue donde encontré la esencia de esta linda ciudad, en la pasión de la gente por lo que ama, algo que comparto y me hace sentir parte de este mundo.