«Habían pasado muchos años, pero cuando vuelvo a ese lugar, todo sigue allí»

Guillermo Iparraguire, UPAMI

En la noche de un sábado de marzo, llegue con dos amigos y mis 19 años a ”Montecarlo” …Un boliche con pretensiosos aires mediterráneos. Con la expectativa de lo que encontraría allí y sin imaginarme que seria mi felicidad. Encarnada en una mujer…Que seria “Mi Mujer” …María…La de aquellos ojos verdes. Varios años después decidimos que criaríamos a nuestros hijos en el campo y lo hicimos durante 40 años. Pero en el campo, campo. No en un pueblo de campo. Y nos incorporamos a una secta, numerosa y no secreta, la de los “Adoradores del Sol”, que rinde culto al astro desde tiempos inmemoriales, que siguen el precepto bíblico de “ganaras el pan con el sudor de tu frente, laborando de sol a sol”. Sus sectarios se reconocen entre si con solo mirarse, tienen un rostro curtido y bronceado, con una amplia frente blanca, hija de la sombra de un sombrero.  Una parte importante de sus vidas se ajusta a su ritmo y se vive entre crepúsculos. Se levantan aún de noche, antes del crepúsculo del alba, para asistir a su nacimiento, desperezarse y comenzar el día…Que es un largo trajín, agotador pero feliz. Cuando la luz del atardecer alarga las sombras y todo se tiñe de luz dorada, comienza la espera del crepúsculo de la noche, que apaciguara sus cuerpos y al campo. Comienza a caer un lento silencio que es interrumpido por el canto de pájaros volviendo al nido. Y entonces, generalmente cansados y satisfechos, se instalan bajo una galería para dar comienzo a la ronda de mates…para ser testigos de la agonía del sol. El día transcurrió con pocas palabras y muchos silencios. La garganta se aclara y se suelta la lengua. Después se interrumpe momentáneamente la ronda y se enciende el fuego… al aire libre… invierno y verano… y si es bajo una noche estrellada, mejor. Y si el mate les soltaba la lengua, imaginen lo que logran el asado y el vino. Los sueños son largos en invierno y cortitos en verano, que tienen siestas antecedidas por “un padre nuestro” que representa un “hasta mañana”. Su tiempo es circular, cíclico como la naturaleza a la que rinden culto. Mañana volverá el milagro del rito, no idéntico, pero sí muy semejante. A veces eso se vuelve insoportable para los no iniciados. Así como el día es una cantera de esfuerzos y sudor, la noche lo es de la imaginación. Los adoradores del sol son amantes del fuego, tal vez porque lo consideren un atributo del ser que veneran o por el embrujo que produce. Les es casi imposible sustraerse a la fascinación que produce con su danza. En una noche de invierno frente a un fuego encendido, con un libro en la mano y la cara arrebatada por el calor focalizado, muchas veces los ojos abandonan la lectura para ser atrapados por unas llamas vivaces y los sumergen en mundos fantásticos y comienza el fascinante e imaginario “viaje” sin ser estimulado por sustancia alguna. Hay una ceremonia del rito, especialmente querida por los adoradores. En las noches de invierno, donde el aire es dramáticamente diáfano y las estrellas enceguecen. Se enciende un gran fuego, los sectarios se sientan en circulo alrededor de él. Recuerden que el tiempo de los sectarios es circular y la ceremonia también lo es. Al principio las conversaciones son calmas y quedas. Enseguida aparecen 3 o 4 jarros enlozados…comunitarios, con vino, que comienzan a circular…el famosísimo “chupypase”… tal vez una eucaristía laica. Los cuerpos se entonan y las conversaciones también. La noche avanzó y se agregaron leños grandes al fuego, que calienta la cara y el pecho y los inunda de luz, Mientras la escarcha cae sobre una espalda sumergida en la negrura. Mientras dure esa ceremonia están seguros de darle la espalda a la oscuridad y a la muerte. Se instalan en los opuestos: Luz-oscuridad, calor que abraza-frio que congela, estrellas que aplastan-tierra que sostiene, realidad-ficción. La noche le dio tiempo al vino y comienza la parte más maravillosa, un concurso delirante y surrealista: cada participante de la rueda debe contar una historia… reminiscencia de juglares y rapsodas…O también rosario de “bolazos”, dirían los sectarios… Se compite por la más deslumbrante e ingeniosa. Como en todo grupo humano, se conocen los más hábiles para la tarea y generalmente se trata de que queden para el final para aumentar el disfrute y la sorpresa. Todos saben que mucho del contenido de las historias es “fake”, pero también todos juegan a que puede ser posible y verosímil, es el “cine” de los sectarios y un remake de la “Caverna de Platón”. Y de pronto “los chanchos vuelan”, los perros hablan y el trigo y el lino danzan el Cascanueces. La rueda es grande y el tiempo pasó. El fuego dejo de ser alimentado y empobreció. Cuesta levantarse con unas piernas entumecidas por la escarcha. Es arduo el camino de regreso, borrado por el vino. Costará dormirse con la cabeza aun afiebrada por las historias… Mañana reiniciaran el rito con la esperanza de volver a contar, en algún día de estos, con otra “noche de cine”.

En otro momento, con más espacio, les contaré como creo que los milenios dependientes de la fuerza física, de humanos y de bestias, los inclinan a un machismo patriarcal. Y de como desde la prehistoria, la necesidad de preservar los escasos y rudimentarios conocimientos adquiridos, les indujo el respeto por los ancianos, los “sabios” de la secta. Esto con el correr del tiempo los hizo abrazar la tradición y ser conservadores (inventaron el Banco, con el granero para depositar los ahorros y para paliar los inviernos). Y de como “la sequía” es el peor de sus fantasmas, porque niega la vida. Estos y algún que otro par de “problemitas” son los que portan con una gallardía cuestionable. Si algún día se cruzan con algunos de estos sectarios, les ruego que los miren con benevolencia.

María ya no está… Y el extrañarla se une a la extrañeza que me provoca una ciudad que transforma la noche en día y no permite percibir el horizonte.