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Los alumnos del taller de Escritura Creativa de UPAMI participaron de una nueva actividad que los invitó a crear historias a partir de situaciones cotidianas y encuentros inesperados.
La propuesta consistió en elegir uno de cuatro escenarios posibles: dos desconocidos que esperan a la misma persona en una estación de tren, una mujer que escucha una historia sobre sí misma en una cafetería, dos vecinos que descubren algo en común o un hombre que recibe una carta escrita cincuenta años atrás. A partir de la situación elegida, cada participante debía construir un relato con personajes de personalidades diferentes, una conversación, un secreto o una sorpresa y un desenlace inesperado.
El ritual de esperar el tren correo y otras yerbas.
*Soy paciente, no complaciente.
Aunque si no sos complaciente, no conseguís nada.
No conseguís nada en esta Argentina misteriosa.
Misteriosa en cuanto a lo que esconde.
Qué esconde el conde?
Pero quién es el conde?
**Es usted hablando solo? o escucho voces que no se de dónde vienen?
Estaban ambos parados en el andén de la estación de Arribeños, esperando la llegada del tren. A esta espera se la consideraba un fenómeno social . Dos veces por semana, martes y viernes, el ferrocarril postal era el único medio que repartía a los habitantes del pueblo, lo que ellos consideraban los tesoros que venían de Buenos Aires. Esos días todos se reunían vestidos con sus mejores ropas a la espera de cada entrega. Cartas, encomiendas, telegramas y otros, eran esperados y recibidos con gran emoción.
*Y a usted qué le importa si hablo solo o escucho voces estando solo?
**Su soledad es suya y sus voces también. Trate de que bajen el volumen. Me molestan la estridencias mientras espero. Me agrada mucho escuchar la llegada del tren, y con sus sonidos no puedo, se me dificulta el hacerlo.
*Parece que usted es más viejo que yo. A mi me resulta entretenido escucharlas mientras espero.
**Ya se acerca, está llegando. Escucho el silbato alertando que se aproxima. Ahora los frenos chirrían y rechinan. Pronto vamos a escuchar el traqueteo. Pareciera que el tren hablara con solo una palabra de dos sílabas interminables: Chaca-Chaca-Chaca-Chaca-Chaca-Chaca-Cha.
El tren ya se detuvo. Los vecinos se acercan con entusiasmo, los dos desconocidos también. El estafetero o empleado postal, venía viajando en el furgón postal o estafeta, clasificando la correspondencia en el tren y colocándola en sacas con el nombre de cada pueblo, a veces él la entregaba a cada destinatario, otras veces lo hacía el jefe de estación. Una vez terminada lo que para muchos era una fiesta, cada pueblerino volvía a su casa para reencontrarse con ese pedacito de su propia historia que ahora venía desde lejos y sus nuevos anuncios. Cúanta comidilla para la chusma del pueblo. A otros se les notaba en sus rostros la tristeza de no haber recibido nada. Seguramente para la próxima volverá la sonrisa a sus miradas. Y así se marcharon nuestros dos desconocidos de la estacíón. Elegantes y muy tristes.
*Y Don, recibió lo que esperaba?
**Por supuesto, mi hija me envió el último disco de Louis Armstrong. Ella sabe que el Jazz es el género de música que más me gusta. Y a usted, le mandaron algo?
*NO. Seguramente el póximo viernes llegará una carta de mi hijo Juan.
** Quiere venir a mi casa a escuchar el disco que me mandó la María?
*Hoy no. Tal vez otro día, si es que nos volvemos a encontrar. ..Pero en dónde lo guardó? No logro verlo. Ya lo perdió?
**………………………………………………………………………………………………………………………………………
***Argentina misteriosa
Quién es el conde?
Son dos y son hermanos. No poseen título nobiliario- Inauguraron el primer rascacielos de hormigón armado en Junín pcia. De Bs. As. Ahí nomás de Arribeños. Se lo llamó: “Edificio Conde”. Popularmente se lo conocía como el edificio de los Conde, pero no pertenecía a la nobleza.


En el campo de la geometría, por un punto exterior a una recta solo pasa otra sola línea recta con la que nunca se ha de cruzar. Pero en la vida, las paralelas invariablemente terminan cruzándose, sea esto para bien o desgracia de los mortales. Aquí, la historia de seres que, transitando por andariveles distintos, jamás debieron haberse cruzado, pero irremediablemente terminaron coincidiendo en una imprevisible encrucijada del destino.
Víctor es Ingeniero Civil, tiene algo más de 60 años y es socio en una empresa constructora; Jota, es un joven milenial especialista en informática. Ambos viven en un elegante edificio de departamentos de Villa Devoto; Víctor ocupa el séptimo piso y Juan un monoambiente con balcón terraza en el último nivel. Extrañamente no se conocen, jamás se han cruzado. Víctor es viudo, vive solo; sale temprano por la mañana y vuelve a la tardecita. Jota, por su parte, trabaja desde su casa para una consultora en Australia; por la tarde, sale con su moto de alta cilindrada hacia un destino diferente cada día para regresar a inciertas horas de la noche. Amante de los deportes náuticos y del golf, Jota lleva una activa vida social; lo apasionan las muchachas maduras, sin mayores compromisos.
Fue precisamente jugando al golf que Jota conoció a una arquitecta divorciada, sin hijos, como de cuarenta y algunos años. Cuando le preguntó su nombre, ella le respondió: —Zeta, me llamo Zeta—, y para Juan eso era suficiente, no necesitaba saber más que eso: su número de teléfono y una letra para nombrarla. Durante un mes, su mundo en vertical, fue deportivo, navegando por el Rio de la Plata o jugando golf; el resto del tiempo ocurría en un ardiente plano horizontal, donde fuera que fuese.
Un buen día, Zeta desapareció de la escena, no llamó ni respondió los llamados de Jota. Todas las mañanas de los siguientes siete días, Jota fue al club de golf a esperarla. Fue en vano, nunca llegó. Al séptimo día quien apareció por allí fue Víctor. Estaba nublado y ventoso, había muy poca gente en el club; buscando con quien jugar, Víctor se acercó a Jota:
— Hola, buen día, soy Víctor. Estoy por salir a jugar pero no hay nadie, no tengo compañero. ¿Podemos jugar juntos?
— Qué tal, Víctor, soy Jota. Con gusto, en realidad estaba esperando a alguien, pero no ha venido aun ni creo que lo haga. Dale, juguemos.
Ninguno de los dos era socio de ese club pero era evidente que conocían bien el lugar. Tomaron sus equipos y se dirigieron a la salida del primer hoyo. Le correspondía a Jota pegar primero. El juego de los 18 hoyos hubiese demandado algo más de cuatro horas, pero Jota no tenía ánimo como para completar la cancha. Después del hoyo 9, se disculpó y propuso suspender allí y volver a jugar otro día. Víctor, que había notado la intranquilidad del muchacho y lo errático de su juego, estuvo de acuerdo y quedaron en volver a encontrarse allí el sábado de esa semana a las 10. Antes de salir, se anotaron para el torneo de ese día.
— ¿Vivís cerca?— preguntó Víctor mientras caminaban hacia el estacionamiento.
— En Villa Devoto, cerca de la plaza Arenales— precisó Jota.
— ¡¿No me digas?! Vivo en Nueva York al 3500 en el edificio de mitad de cuadra—, señaló Víctor sorprendido.
— ¡Yo también! Vivo en el último piso del único edificio de esa cuadra— añadió Jota extrañado por no conocer a su vecino.
— ¡Fijate vos qué cosa! ¡Nunca nos hemos cruzado! —concluyó Víctor.
Se despidieron entre sonrisas, ambos aún asombrados por las coincidencias del encuentro, tras lo cual cada uno se fue en su propio vehículo. Jota en su moto, cargando la bolsa con unos pocos palos cruzada sobre su espalda, en un arriesgado modo de circular.
El sábado convenido fueron juntos al club en el auto de Víctor. En el momento que llegan, Zeta sale del club manejando su auto. Jota intentó alcanzarla pero no logró; ella no llegó a verlo. A Víctor le llamó la atención la actitud de su vecino:
— ¿Qué? ¿La conocés a Zulma? —inquirió Víctor intrigado.
— No sabía que se llamaba Zulma, pero sí, la conocí aquí jugando al golf. Salimos juntos un tiempo. Fue sensacional. Nos amamos con locura, pero un día se borró, se hizo humo. No respondió más a mis llamados. No sé dónde vive, nada. Me muero por verla. No sabría dónde encontrarla. Vine aquí todos los días de esta semana pensando que la encontraría. Me quiero matar—. Jota se había enamorado hasta el tuétano de una misteriosa Zeta que se llamaba Zulma y resultó ser que Víctor la conocía.
— No pienses en matarte. Conozco a Zulma, es una buena chica, tal vez esté un poco confundida pero mejor es que la olvides, no es para vos— le aconsejó Víctor tratando de quitarla de su mente, y continuó:
— Decime Jota, cuál es tu nombre…
— Juan, Juan Cruz— le respondió Jota tratando de disimular su aflicción, tras lo cual dio media vuelta y se fue balbuceando un «chau hasta luego».
Víctor lo dejó ir. Él conocía muy bien a Zulma; la sabía sensible y apasionada. Hasta hacía pocos meses ella había sido su socia en la constructora y también su pareja, su amante. No convivían; cuatro años de relación se interrumpieron cuando ella le expresó su deseo de retirarse de la sociedad para irse a vivir a Uruguay. Algo se había quebrado entre ellos y prefería irse lejos… pero cerca; no tan lejos. Víctor no sospechaba que la ruptura venía por el lado del corazón. Imaginaba su empresa desecha por una caprichosa aventura de ella. Se sintió traicionado, sudaba frio; se secó la frente y arrojó el pañuelo con violencia contra Zulma. Se le nubló la visión y, crispado y cegado por la furia, se lanzó sobre ella dejando huellas de su arrebato en sus mejillas.
Zulma se encerró a llorar por días, hasta que una mañana de sol, salió de su recogimiento y volvió a su club en el preciso momento, lugar y circunstancia elegidos por Jota para jugar golf. Después de esa primera partida, siguieron otras, en otras tardes y otros campos.
La atribulada Zulma encontró en brazos de Jota la ternura y el cariño de un hombre que volvía a hacerla temblar de pasión y aprendió a amarlo, pero, aun así, se alejó sin avisar. Tenía miedo de otra frustración. Dudaba, pero después de semanas de tristeza, vacilación y lágrimas, hizo vibrar nuevamente el teléfono móvil de Jota, quien tardó exactamente diez milisegundos en decir:
—Hola, ¿sos vos amor?
Bajó por las escaleras a los saltos; los escalones pasaban bajo sus pies de dos en dos y de tres en tres. Llegó al garaje, tomó la moto y voló en dos ruedas hacia el punto de encuentro. Se miraron y, sin más, se entrelazaron en el más apasionado abrazo que nunca haya existido; y se absorbieron, se comieron, en el más intenso y prolongado beso que alguien haya conocido.
Subieron a la moto sin destino, querían desaparecer del mundo conocido, buscarían uno nuevo donde solo vivir en amor.
A la mañana siguiente, el ingeniero Víctor desayunaba escuchando las noticias de la mañana: hablaban del tiempo, de la lluvia de la noche anterior, de las inundaciones, de las exportaciones, de si habría o no PASO, y del accidente en La Plata, en la encrucijada de 17 y 58 con diagonal 74, una moto estrellada, dos muertos: una mujer y un hombre. Víctor lo supo al instante; soltó la taza de café, se tomó la cabeza , cerró con fuerza los ojos y, en una dolorosa convulsión, cayó al piso; un grito ahogado estalló en su garganta.
Sonó el teléfono: era el fiscal que le pedía ir a La Plata para reconocer los cuerpos.
Volvió de la morgue. Desolado se encerró en su cuarto. Se culpaba porque por su egoísmo, su machismo y falta de comprensión, había desatado el declive emocional de Zulma, y perderla definitivamente. Lloró toda la noche las dos muertes; sentía que aquella bofetada volvía a él como golpe mortal transformado en un tormento que arrastraría por siempre. No lo resistiría.
Se sentó en su escritorio y escribió un par de notas que firmó y dejó allí mismo. Salió al balcón y de un salto pasó a juntarse con ellos dos.
Las paralelas se encontraron en su punto crucial: el infinito.