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Los alumnos del taller de Escritura Creativa de UPAMI participaron de una nueva propuesta que los invitó a explorar la imaginación y construir sus propios relatos a partir de una imagen.
La actividad tuvo como punto de partida la fotografía de una cabaña aislada en medio de la nieve. A través de distintas preguntas disparadoras, los participantes imaginaron quién vivía allí, qué recuerdos o secretos guardaba la casa y qué podía suceder cuando alguien regresara después de muchos años. Cada uno tuvo la oportunidad de desarrollar una historia propia y explorar diferentes posibilidades narrativas.
Dia extraño hoy! La conjunción de Laura, yo y una foto, desempolvan imágenes lejanas. La foto es de “San Eduardo”, una cabaña en las cercanías del cerro Torre en “El Chaltén”. Un exilio autoimpuesto impidió que, por muchos años, saliera humo por la chimenea de San Eduardo.
Mis padres se enamoraron del Rio de las Vueltas, del Mirador de los Cóndores, de la laguna Capri, de los innumerables senderos de El Chaltén, del cerro Torre y también de la vida descontracturada y algo hippie de la villa. Construyeron San Eduardo contemplando al Torre.
Mucho del tiempo libre que disponíamos lo pasábamos en el Chaltén, incluso algunos días de invierno, que cubrían todo de nieve. En la ultima de esas vacaciones de invierno, el 14 de julio por la mañana, mis padres salieron para hacer trekkinn.
La noche anterior hubo una importante tormenta de nieve y un manto blanco borraba toda referencia. Mis 15 años y yo quedamos durmiendo en la cabaña, mis padres me dejaron dormir porque había vuelto tarde, no quisieron despertarme… ya nos reuniríamos para el almuerzo.
En su caminata mis padres se desviaron un poco de la línea de unía al Torre con San Eduardo. No estaban muy lejos cuando vieron que la nieve floja de la ladera del Torre se desprendía y comenzaba un alud que iba directo a San Eduardo. Desperados comenzaron a correr hacia la cabaña y el alud. El alud no alcanzo a San Eduardo, se detuvo antes. Pero sí a ellos.
Hice responsables de mi dolor a El Chaltén, San Eduardo y a la naturaleza. Los clausuré, física y emocionalmente. Me llevo años y muchas charlas con amigos desconocidos “perdonarlos”.
De algunos aprendí que hay cosas “más acá o más allá, del bien y del mal”. De que la culpa, si surge, es de la voluntad de hacer daño, no de lo involuntario. De otros, que hay un orden causal, necesario y universal, que rige las coordenadas del espacio-tiempo para que las cosas sucedan. Y que, a ese orden, cuando ignoramos sus causas, por las propias limitaciones de nuestra humana condición, llamamos azar.
Hoy los 15 años se transformaron en 80. Hace tiempo que con mis hijos y nietos repoblamos “San Eduardo”. Hace rato que la chimenea de San Eduardo ha vuelto a exhalar humo. Que su aire huele a café y pan recién horneado. Que en las paredes reverberan las risas de chicos y los sonidos de unas cuerdas de guitarra.
Habrá sido dos o tres años antes de que apareciera en los diarios que lo conocí en ese típico chalet de Bariloche. Estábamos con Elsa parando unos días en casa de María Elena a unos pocos metros de la llamada casa del alemán. En realidad don Franz era austríaco. María Elena era muy amiga de Elfriede su esposa. El intercambio de recetas había generado la trama profunda que las unía, ya que los mal llamados alemanes no se daban demasiado con quien no fueran de la colectividad germana que giraba en torno al Primo Capraro y al Hotel Germania.
Lo conocí a partir del desperfecto de la canilla. Una pavada que hasta yo podía arreglar pero necesitaba una pico de loro. María Elena no tenía ninguna herramienta pero sugirió que fuera a pedírsela a él. A pesar del frío, fui de una corrida. Me presenté y le pedí la herramienta.
-“Pase no se quede ahí”. Me invitó a pasar al salón.
– “Voy a buscarla al taller”.
Volvió y al dármela me advirtió:
-“Es de Pietrro…”- a lo que yo rápido completé el dicho -“…torna in dietro”. Los dos nos reímos.
-“Veo que ya sabe como son las cosas” –dijo don Franz. Ofreciéndome un schnaps.
-“Mi abuelo era italiano. De Trieste”-.
-“Ah yo estuve por ahí siendo joven”–recordó con nostalgia, pero como arrepintiéndose de haberlo dicho.
Sobre la imponente chimenea un par de esquíes cruzados rodeaban una talla en madera de una siempreviva.
-“Qué hermosa la talla de la edelweiss”- admiré el clásico símbolo de las tropas de montaña.
-“¿Cómo sabe que es una edelweiss?”- se sorprendió.
-“Mi abuelo fue alpino. Hizo la guerra en Rusia con la Giulia, la división alpina heroica y también mártir”.
-“Brindemos entonces por los cameraden”-dijo más relajado, alcanzándome otro schnaps.
-“Por los viejos camaradas”- dije para ampliar la hendija que veía y continué:
-“Mi abuelo me contaba que en la guerra lo que más había hecho era esperar. Esperar el silbato del oficial para saltar y que la metralla los segara, esperar el rancho caliente siempre escaso, esperar el relevo que no llegaba, esperar que una explosión no lo destrozara, y hacia al final esperar que la derrota lo llevara pronto a casa”.
-“Hombre sabio su abuelo”-. y murmuró bajando la voz- «Ich warte immer noch».
-“Y ¿qué sigue esperando todavía don Franz?”
-“ ¿Qué Usted entiende alemán?” –me interrogó entre sorprendido y alarmado.
-“A gatas”.
-“¿Qué tienen que ver los gatos?” Dijo alcanzándome lo que sería el último schnaps.
-“Nada don Franz. Danke”-. Lo apuré de un trago, dejé el vaso en la mesa de apoyo, lo saludé y me fui.
Volví a tener noticias de él por los recortes que mandó María Elena. Habían entrado a robar a su casa y se llevaron lo de valor que había en la casa. Suerte que no estaba Elfriede, nos comentó María Elena. Se ve que los sorprendió y le pegaron dos tiros en el pecho.
La investigación y la prensa se orientaron hacia el Alto donde vive el pobrerío chilote y el mapuche vernáculo. La prensa y las fuerzas vivas alborotaron y agitaron pidiendo por mayor seguridad. Sospeché que así se alejó a la investigación y opinión pública de lo sucedido.
En un reservado de la confitería del tradicional Hotel Germania, el informe de la autopsia llegó antes a sus manos que a la del juez instructor. A la tristeza por la muerte del viejo camarada, se sumó la alarma.
La causa de la muerte, dos disparos calibre 22 en el pecho, en el corazón más precisamente, no era una descripción era una firma. Lo sabían bien. No dejaba lugar a dudas. Había sido una operación del Instituto. Aquí y contra uno de ellos.
Un kidon había encontrado al Hauptmann Franz Josep Winkler. Durante la ocupación italiana durante la ocupación italiana, éste había sido algo más que un simple miembro de las Gebirgstruppe o tropas de montaña.
Lo que tanto esperaba don Franz, al final, pasó.-
Iván siempre tuvo mucha suerte para los negocios, cerca de los cuarenta años la empresa que construyó le dio muy buenas ganancias. Además fue muy hábil para hacer excelentes inversiones. Compró departamentos lujosos en los mejores barrios de Buenos Aires; incluso en Miami y no se privó de viajar por el mundo. Hasta llegó a tener una colección de autos importados.
Se casó con Irene, tuvo dos hijos; hoy sería considerado un “hombre muy exitoso”.
Pero a punto de cumplir, el mes próximo, ochenta años Iván está y se siente solo, Irene murió, los hijos no viven en el país , salvo algún viaje o una video por zoom, poco sabe de ellos.
Prendió la televisión para mirar una película, no sabía qué hacer ni a quién llamar, porque ya son pocos los amigos que quedan. Finalmente prefirió escuchar música y buscar esa caja que siempre guardó celosamente a buen resguardo.
Trajo la escalera, subió a la baulera y la bajó con cuidado. No recordaba mucho qué había guardado a través de los años, pero si sabía que ahí estaba esa parte secreta e inolvidable de su vida que no compartió ni siquiera con los amigos; sólo con ella.
La mayoría de lo guardado eran cartas, folletos de los viajes, algunos que otro souvenir, dos copas con las que solían brindar en cada encuentro y en cada despedida y unas pocas fotos de ella, donde estaba siempre sonriente, y otra la imagen de una cabaña que, a través de sus ventanas, se veía iluminada, con una chimenea humeante, en un paisaje nevado rodeado de montañas.
Con la foto en la mano, se recostó en el sillón y trató de acordarse en qué lugar estaba esa cabaña y cuándo había sido el último año en que estuvieron allí.
La dio vuelta buscando alguna escritura que ayudara a su memoria pero no pudo recordar la época, sólo que eran muy jóvenes. La volvió a mirar detenidamente y fue la imagen del humo la que lentamente le devolvió los recuerdos: la leña crepitando en la chimenea, el desayuno caliente por las mañanas, los buenos momentos al lado del fuego, el asombro de ella frente a esa naturaleza exuberante y enigmática.
También recordó el deseo que siempre tuvo de adueñarse de esa cabaña para que fuese el refugio de esa parte de su vida tan diferente que no necesitaba planificación, ni hacer cálculos, ni contar las ganancias.
Pensativo y con la foto en la mano se preguntó por qué no la compró ¿qué se lo impidió?, él que siempre fue tan bueno para los negocios, pero no pudo encontrar una respuesta, Y mientras volvía a acomodar la caja para guardarla reflexionó que quizá, en esos momentos vívidos, el que estuvo en esa cabaña fue ese otro Iván, al que no le importaba el éxito ni los bienes, el que se permitió sentir un amor muy profundo y que hoy lamenta no haberlo conocido mejor.