Jirones de papel

Ricardo Galdós, UPAMI

—No te vayas, no me dejes; no pases de largo sin siquiera detenerte. Mírame ahora, que pronto no voy a estar más— Parecía un ruego susurrado; alguien, en su mayor angustia, suplicaba mi atención. El llamado venía de allí enfrente. Desde la parada del bus, al otro lado de la calle, observé la escena desde donde partía el reclamo. Enmarcado en un ancho cuadro metálico, entre jirones de afiches, surgía un ojo, un único ojo de expresión serena y triste, avizora de su inminente final.
Imploraba que cruzase la calle para estar ambos frente a frente, cara a cara, e intercambiar miradas, entre la mía, sorprendida; la suya, triste. Allí reconocí su clamor por encontrar otro ojo compasivo que aliviara su muerte perentoria.

Dentro esa mínima ventana, desde donde observaba el pasar indiferente de tantos, él transitaba una agónica espera, por el instante en que una mano vil lo arrancaría de allí en gajos o, tal vez, lo ahogaría bajo superpuestas capas de olvido en forma de engrudo y papel.
Crucé hacia la esquina convexa de Pueyrredón y Azcuénaga, mientras su media mirada me seguía todo el tiempo.

Por izquierda, como a 100 metros, avanzaba un tipo en remera azul chorreada de manchas blancas, con una gorra de loneta blanca sin visera. Llevaba bajo el brazo izquierdo una escalera de madera; una correa en bandolera cruzaba su pecho desde el hombro izquierdo hacia su cadera derecha, donde colgaban decenas afiches de publicidad. En su otra mano cargaba un balde de 20 litros con una brocha dentro chorreando el mismo pastiche que lucía en pintas sobre en su torso. De inmediato reconocí la inminencia de un temido trágico final; aun así, tuvimos tiempo suficiente para cruzar y sostener una prolongada mirada de adiós. Registré sus últimos momentos desde distintos ángulos; pero solo conservo de él esta imagen que aquí les muestro.

Volví sobre mis pasos hacia la parada del 61 rumbo a Once y, desde allí, observé al hombre del balde de engrudo quien se paró frente a los ojos sin nombre; plantó la escalera, desplegó su herramental y procedió, sin miramientos y a fuerza de brochazos, a cegar la visión del desesperanzado ojo único. En su lugar emergió una playa caribeña presentada por otros ojos, algo más pequeños, enmarcados por una cabellera rubia que hacia abajo se propagaba en forma de sirena prometiendo sol perpetuo, mar sereno y felicidad caribeña. Llegó el bondi y me fui.

A la semana siguiente volví a esa misma esquina para ver qué había sido de la insinuante sirena rubia de ojos verdes, piel bronce en el torso y verde mar en su extremo pez. Ella estaba aún allí, con la misma sonrisa, pero sin su parte escamada: solo quedaba su cara entera y sonriente. Con corte quirúrgico habían quitado su cuerpo. ¿Con qué sentido? ¿Tal vez como fetiche? ¿Para qué? ¿Será obra de un artista para su implante en un collage? No me lo imagino.

Mientras observaba esa imagen cercenada, por izquierda se acercaba otra vez el hombre del balde de engrudo.

Llegó hasta plantarse bien delante mío, interponiéndose entre la ex sirena y yo; apoyó su escalera en el mar caribe, se dio vuelta hacia mí y, sin detenerse en su operativo, me señaló:

—¡Correte campeón, te va a salpicar!— Obediente, me aleje a distancia prudencial para observar su tarea mientras el muchacho tarareaba…

«Cruel en el cartel / La propaganda manda cruel en el cartel /

Y en el fetiche de un afiche de papel / Se vende una ilusión, se rifa el corazón…»

Por mi parte, volví a cruzar Pueyrredón recordando el último verso de ese mismo poema de Expósito hecho canción por Goyenche…«Luché a tu lado para ti, por Dios /  Y te perdí»

FIN