“¿Qué estoy haciendo acá?” Columna acerca de la vida universitaria

Una estudiante de la Universidad del Salvador describe su rutina como alumna en el campus a la vez que intenta encontrarle sentido a su vida.

El sonido de pisadas en el pasillo es lo segundo que percibe al salir de la inconsciencia. Lo primero es el timbrazo de la alarma que apaga casi por reflejo. Permanece unos segundos con los ojos cerrados, como si negociar con el cuerpo fuera posible. Lo tercero es estirar el cuerpo de manera perezosa con la necesidad de juntar fuerzas para empezar.

A tientas, busca el teléfono en la mesita de luz para observar que son las 7 de la mañana. La notificación siempre aparece en la pantalla. Responde con un breve “buen día” y deja el celular otra vez. El baño está frío. El agua caliente no tarda en salir y el vapor empieza a cubrir el espejo. Afuera, el día ya empezó para otros: se escuchan puertas, voces, algún motor que arranca. La rutina avanza sin pausas. En la cocina, la luz de la mañana entra de costado por la ventana. Enciende la cafetera, coloca dos tostadas en el plato y, mientras esperás, abre una aplicación en el teléfono. La radio llena el silencio.

Salir de casa implica entrar en otro ritmo. Divaga sobre qué materia tendrá y las tareas que no debe olvidar. Al llegar al predio universitario, el verde prolijo del campus es lo primero que absorben sus ojos. Camina bordeando el césped, siguiendo un recorrido que ya conoce de memoria. Los pensamientos disociativos la atrapan. Las preguntas invaden. ¿Es posible que iniciar la universidad implique tener una transformación subjetiva? Es una experiencia fugaz, porque no pasamos toda nuestra vida en la universidad estudiando una carrera. Sin embargo, conlleva una profunda transformación, que de ningún modo está libre de incomodidad, malestar e incluso de sufrimiento. Todas sensaciones que se expresan en una pregunta recurrente: ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Esto es lo correcto? ¿Cómo tener certeza?

El sol resplandece y su sombra se proyecta sobre el pavimento al cruzar el predio de la institución. Llega al aula indicada y toma asiento mientras esos interrogantes, sin respuesta, continúan presentes. A esa hora, los pasillos empiezan a llenarse: grupos que se saludan, otros que repasan apuntes de último momento, algunos que simplemente miran el celular en silencio. La ingresante sigue perdida en sus más profundos pensamientos.

Nos enfrentamos a todo un mundo que marca un antes y un después en nuestras vidas. Desde la primera clase, tomamos la decisión de desconectar unas horas de la red digital que parece una extensión del propio cuerpo y aprendemos. Se escucha, se toma nota, se piensa. O es posible que solo hayamos prestado atención a la mitad de la clase. Pero siempre queda algo: una palabra, un concepto o más preguntas. A veces, incluso, un vínculo. De algún modo, se forma parte de algo. Con el tiempo, aparece una lógica de prueba y error. Lo único seguro es que, estar en las aulas, compartir el espacio con otros que transitan una soledad similar, genera una forma de identificación: la de ser estudiante. Algo que engrandece, que transforma. Es una necesidad y no en el sentido clásico del término, relacionado a las necesidades materiales, sino para ordenar la incertidumbre, para no ir por la vida “flotando” y de cuestionar destinos que parecían ya escritos.

Entonces advierte que esa sensación de ajenidad que se siente el primer año se transformó en experiencia. Logra ser parte. Se apropia del hábito. Antes no escuchaba la radio ni leía las noticias. Antes su curiosidad parecía dormida. Ahora aparece como una necesidad: la de saber, la de preguntarse, la de pensar y mirar el mundo de otra manera. Sin embargo, estos cambios no implican borrar las huellas de quien era. Se trata de aprender a hablar dos o más lenguas. La persona que era antes de ingresar a la universidad y la persona que ahora es capaz de manejar distintos códigos. De habitar en dos mundos. Sin perder el origen. Convertirse, de cierto modo, en un “traductor” entre esos dos universos de pertenencia.

La profesora entra al aula con un “buenos días”, toma asiento y parece preguntar cómo están. Pero ella ya está lejos de esa escena.

En tiempos donde el mandato es “estar bien” a cualquier costo, tal vez el desafío sea otro: aceptar la complejidad de la experiencia humana. Lejos de ser una meta fija, la felicidad puede pensarse como una construcción cotidiana, hecha de pequeños momentos y de sentido.

Reconocer que no siempre se puede estar bien no implica fracasar, sino asumir lo propio de la vida. En ese cambio de perspectiva, la felicidad deja de ser un ideal inalcanzable y se vuelve, quizás, un poco más real.

  • Por Camila Ledesma.