Fernando Rivera: “Juntar las motos no era lo importante: era el medio para poder juntar los juguetes”

Hace veinte años, un motociclista escocés le dio la idea al fundador de KawaClub: cambiar el encuentro de motos por el pueblo por una caravana hasta el Hospital de Niños. Hoy son diez instituciones anuales y varias historias que todavía lo emocionan. 

Por: Jimena Rocío Lucero estudiante de 3° de la Licenciatura en Periodismo
Uno de los motociclistas, caracterizado como Batman, sostiene en brazos a una niña durante la jornada. (Gentileza: Fernando Rivera).

Todos los años, el Día del Niño, algo insólito pasa en las calles de Buenos Aires: cientos de motos avanzan en fila por Libertador, 9 de Julio y Plaza de Mayo, con Spider-Man, Batman y Darth Vader arriba, tocando bocina, mientras la gente sale a los balcones y a las calles a aplaudir. No es un desfile ni una protesta: es una caravana rumbo al Hospital Garrahan, cargada de juguetes.

Dos décadas atrás, esa imagen no existía. Fernando Rivera, fundador de KawaClub y fanático de la cultura celta, hizo la propuesta mediante una charla online con un motero escocés, que le contó cómo en Edimburgo organizaban caravanas hasta el Hospital Real para Niños, de Glasgow. La idea prendió, y en 2006 se realizó la primera visita a la Casa Garrahan. Desde entonces no pararon: hoy son diez hospitales por año y unos 6.500 juguetes repartidos que son financiados con rifas más una fiesta de fondos que organizan cada mes y medio antes de cada salida.

En esta entrevista, Rivera recuerda cómo nació la iniciativa, cuenta las historias que todavía lo emocionan –la de Valentín, un niño trasplantado que esperó desesperado a un motociclista; la de una niña en tratamiento oncológico que se hizo viral abrazando a un Spider-Man de la caravana– y explica por qué, después de dos décadas, sigue sin pensar en la moto como el objetivo, sino como la excusa.

–La primera caravana fue en 2006. ¿Cómo nació aquella primera iniciativa y qué recordás de esos comienzos?

–Yo había empezado a ir a encuentros de motos. Arranqué con la moto un poco tarde, tenía 35 años, y después decidí probar ir a algunos encuentros. El encuentro de motos es una juntada donde se escucha música, se toma algo con gente que uno no conoce, algunos van con su grupo. Pero el evento principal de todo encuentro es la caravana por el pueblo: salimos todos juntos y la gente sale a vernos y aplaude al ver las motos. Es pintoresco.

Fui a Diamante, a Las Flores, a Tandil, y acá en Buenos Aires no había nada de eso. Me decían: “Qué lindo sería tener una acá”, pero un encuentro de motos ni por asomo: sería un descontrol, algo que ni loco me metía a organizar.

–¿En qué influyó tu interés por la cultura celta?

–Yo soy muy afín a la cultura celta, descendiente de gallegos, me gusta la música española, escocesa e irlandesa. Por una sala de chat, estamos hablando de 2003/2004, me conecto con un motociclista escocés, Robert Panton, vivía cerca de Edimburgo. Él me contó que allá se organizan en grupos, pero no como los clubes de acá. Me dijo: “Nos juntamos en un foro, hacemos una salida, tomamos algo durante la semana, cada tanto un viaje, y, de vez en cuando, una caravana al Hospital de Niños de Glasgow, a llevar cosas”.

Ahí hizo clic la idea. Dije: “Listo, la caravana al Hospital de Niños”. Cerró por todos lados: hacemos algo bien, la gente va a venir, porque acá tenemos el Garrahan. Pero si te das cuenta, ir al Garrahan era la excusa, no el objetivo. El objetivo era juntar gente y juntar motos.

Fui, me atendió Betty Resnik, de la Fundación Garrahan –“la divina”– que hasta hoy es nuestro contacto. Me dijo que sí, que organicemos, y en 2006 se hizo la primera caravana. No llegamos directo al hospital, fuimos a la Casa Garrahan, donde estaban los chicos con tratamientos ambulatorios. Ahí pudieron salir a la calle, ver las motos, subirse y sacarse fotos. Les vimos las caras de felicidad y ahí entendimos que juntar las motos no era lo importante: era el medio para poder juntar los juguetes.

–¿Qué fue pasando con el proyecto luego de esa primera vez?

–Como nos salió bien, al año siguiente fuimos al Gutiérrez, donde teníamos un muchacho que trabajaba ahí. Al otro año, visitamos el Hospital de La Plata, que es enorme, un poco más chico que el Garrahan pero no mucho menos. Así seguimos sumando: hoy vamos a diez hospitales. 

Nosotros compramos juguetes con lo que juntamos, con aportes de empresas, con una rifa que hacemos de una moto y con un spaghetti party que organizamos un mes y medio antes para juntar fondos. Con eso compramos, sin contar lo que después trae la gente el día de la caravana, alrededor de 6.500 juguetes: auriculares, autitos, juegos de cartas, collares para las nenas, pulseras para armar, mordillos. Todo en cantidades importantes, que distribuimos de forma más o menos proporcional entre los hospitales. 

–¿Cómo se terminaron sumando al Sor María Ludovica, en La Plata?

–Fue por un médico, Juan, un veterinario amigo nuestro, que nos contó la historia de su hija: había fallecido de un cáncer de pulmón, tenía cuatro o cinco años, vivió un par de años nomás. A él lo había atendido el Ludovica. Ir ahí fue pagar una deuda de gratitud con ese hospital. Desde 2008 no dejamos de ir, a pesar de que hay que llevar los juguetes hasta La Plata. 

Con el tiempo se fue enganchando la comunidad de allá. Tenemos el Club de Motos y Viajes, que nos recibe, avisa a Tránsito, se contacta con los hospitales, organiza y difunde entre todos los motociclistas de La Plata. Cuando llegamos nos están esperando en la rotonda, y son unos 300 motociclistas los que nos acompañan con las camionetas hasta los hospitales. Es otra fiesta, otra forma de mostrar de qué es capaz el motociclismo. 

El sábado pasado, además del Ludovica, fuimos al Sbarra, un hospital más chico pero con una problemática muy complicada: son niños judicializados. No pudimos entrar a interactuar con ellos, estaban en una reunión, pero hablé con el director. Nos agradecieron mucho, porque al no tener tanta visibilidad, lo que nosotros llevamos es de muy buena calidad. 

–Después de tantos años, ¿hay algún chico que recuerdes de manera especial?

–Sí, varios. Acá es donde empiezo a emocionarme. Tengo uno que cuento mucho últimamente. Fue en el Gutiérrez, ya habíamos hecho la caravana del Garrahan y estábamos guardando los juguetes que sobraban –porque nosotros siempre llevamos más de los que se reparten ese día, para que tengan reserva hasta fin de año, y a veces hasta el año siguiente. Las monjas del Ludovica, por ejemplo, administran esa reserva para dársela a un chico internado el día de su cumpleaños, para cambiarle el ánimo un poco. 

Una voluntaria me dice: “Fer, hay un nene, Valentín, que los está esperando desde la mañana, desesperado por ver a un motociclista”. Busco una moto de juguete y voy. Podía entrar uno solo, porque estaba en aislamiento: había sido trasplantado. Me avisan: “Mira que lo que vas a ver es complicado”.

Entro. Era un chico de cinco años con la piel arrugada, color aceituna. Había sido trasplantado del hígado, tenía toda la infancia complicada por delante. Tuve que apelar a todo mi temperamento para no poner cara rara. Lo saludo, le muestro la moto –envuelta, porque yo no lo podía tocar a él–, y el nene sonríe. Cuando un pibe así te sonríe se te cambia todo, se te mueve la estantería de atrás. 

Por suerte se recuperó, es un chico mendocino. A las dos semanas lo fui a visitar de nuevo, con otro juguete, y le dije: cuando puedas salir al patio, te vamos a visitar con las motos. Al mes y medio me llama la madre: ya lo dejan salir al patio. Organizo un sábado, junto quince motos, y cuando entramos al patio no estaba Valentín. Se había corrido la bola: nos esperaban veinte chicos, todos abrigados con mantitas, felices de ver a los motociclistas. 

Ahí entendimos que no podíamos ir una sola vez al año. Empezamos a hacer visitas periódicas, una vez por mes, con un grupo que armamos aparte, Motos por Sonrisa: la rama solidaria del KawaClub, que es de donde salió todo esto. Ya debe hacer unos doce o quince años. 

–¿Qué significa ese encuentro para los chicos, y qué termina significando para ustedes?

–Para los chicos lo entendimos por lo que veíamos, pero sobre todo por un posteo que hizo un papá en el foro del club, el de la nena que había fallecido de cáncer de pulmón. Él contó que, pudiendo comprarle juguetes a su hija, no era lo mismo que se los llevara un grupo de fanáticos random. Que en el Ludovica, donde había salas compartidas entre varios chicos, el ánimo cambiaba cuando estos grupos venían a visitarlos. 

Ahí es donde uno entiende que algo le hace a estos chicos, que uno está haciendo algo bien de verdad. Ahí entiendo que eso que estoy haciendo en ese momento es lo más importante que podría estar haciendo. 

El otro día, en la Casa Garrahan, había una nena pelada, en tratamiento oncológico, que salió en todos lados abrazando a uno disfrazado de Spider-Man, porque era fanática. Yo estaba adentro sacando fotos de los juguetes y me la crucé. Me gusta preguntarles si lo disfrutaron. Me dijo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja. Ya está: esa sonrisa valió los dos o tres meses de laburo que tuvimos en la previa. Por eso digo que esto lo hacemos con mucho cariño, y también con un poco de egoísmo altruista: uno va a buscar esa satisfacción. 

–¿Sentís que estas acciones modificaron la mirada que la gente tiene sobre los motociclistas?

–Ojalá. Lamentablemente la violencia y los robos están a la orden del día. En el Gran Buenos Aires, donde vivo –en Padua, que por suerte no tiene tanta inseguridad–, hay horarios en los que salir es una invitación a que te agarren unos pibes. 

Pero entiendo que mucha gente ve en el motociclismo un movimiento solidario, y de hecho lo es, primero puertas adentro. Es una ley no escrita: cuando hay una moto parada, se para a asistir. Si vas viajando y ves una moto detenida en la ruta, parás. Hay un código: si pones el casco en el piso, atrás de la moto, quiere decir que estás pidiendo asistencia. 

El hecho de manejar un vehículo que tiene todas las de perder contra la naturaleza hace que nos ayudemos entre nosotros. Si yo quedo parado en la ruta en moto, estoy a la buena de Dios; en auto, al menos tengo dónde protegerme. Eso genera una solidaridad entre pares que en otros grupos no se da tanto. Es parecido a lo que pasa entre los náuticos: si un barco pide auxilio, se larga todo y se sale a socorrer, porque hay riesgo de herida. 

Y esa solidaridad también se expresa hacia la sociedad. Lo nuestro es una movida grande que trascendió, pero en general todos los grupos de motociclistas tienen alguna acción solidaria. Algunos, por ejemplo, en un viaje al Chaco aprovechan y llevan ropa. 

–¿Cómo es el recorrido el día de la caravana?

–No vamos directo desde donde salimos hasta el hospital, hacemos un recorrido especial. En Buenos Aires pasamos por Libertador, la 9 de Julio, el Obelisco, la Plaza San Martín –que es hermosa– Plaza de Mayo, la Catedral, el Cabildo, el Congreso, toda la Avenida de Mayo. En todos lados la gente nos espera, nos saluda, nos aplaude. 

En La Plata hicimos algo parecido: fuimos por la Avenida 7, esta vez nos desviamos por una peatonal donde había más gente, pasamos por la plaza principal, paramos en la Catedral, sacamos la foto en las escalinatas, y de ahí al hospital. Vamos con disfrazados, con bolsas llenas de juguetes, tocando bocina, con gente de Batman, de Woody, de Mickey, de Darth Vader. Y la gente entiende, se prende, saluda, agradece. 

–Además de la caravana del Día del Niño, ¿qué otras fechas tienen?

–En Papá Noel hacemos una “Papanoelada” en el Elizalde. Y una de Reyes, esa es en el Gutiérrez. En alguna época se hacía una por el oeste, y otras agrupaciones intentaron alguna de Reyes en otro lado, pero no lograron continuidad. 

–Después de veinte años, ¿qué significa personalmente para vos seguir siendo parte de esta iniciativa que impulsaste?

–Si esto fuera por un tema narcisista, por mirarme al espejo y decirme qué bueno que soy, no duraría veinte años. Lo hacemos con mucho cariño, con mucho amor, y también con ese egoísmo altruista de ir a buscar la satisfacción que te da hacer esto. Si la gente supiera la satisfacción que siento haciendo el evento y disfrutándolo, habría más gente que lo haría. 

Si queres donar juguetes o contactarte con Kawaclub para sumarte a la próxima caravana, podés escribirles a través de @kawaclub_ar y/o @fernando.rivera66