Una Iglesia que hace lío: los jóvenes que siguen haciendo comunidad

Más de una década después de que el papa Francisco pidiera a los jóvenes «hacer lío», parroquias y movimientos católicos de todo el país sostienen, semana a semana, un trabajo silencioso que mantiene viva esa consigna lejos de las cámaras.

Por: Delfina Zaurin Garcia Pintos estudiante de 4° de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación
Jóvenes de la parroquia Santísima Trinidad. (Gentileza: Oriana Trivelli)

En 2013, frente a una multitud de jóvenes argentinos reunidos en Río de Janeiro, el papa Francisco dijo algo que todavía resuena: les pidió que «hagan lío». Que la Iglesia saliera a la calle. Que dejara, de una vez, de encerrarse en su propia comodidad.

La frase se volvió célebre, y como toda frase célebre corre el riesgo de vaciarse de sentido con el tiempo. Repetida hasta el cansancio, terminó reducida a un eslogan de remera, casi un gesto de campaña. Pero hay algo que las parroquias y los movimientos juveniles entendieron de una manera que otros no. Que el lío no era ruido, ni desorden, ni una consigna para levantar el ánimo. Era una orden de salida. Salir al encuentro. El encuentro, para Francisco, era hacia el prójimo, hacia el más necesitado.

Ahí está, quizás, el punto en el que la mayoría se pierde. Porque cuando se habla del más necesitado, la imagen que aparece casi siempre es la del que le falta el plato de comida o el techo. Esa lectura no está mal, pero es incompleta. Hay una necesidad menos visible, que Francisco también señalaba: la de quien no conoce a Jesús. La de quien nunca tuvo cerca, a alguien dispuesto a acercárselo. Esa es la pobreza que las comunidades juveniles parecen haber entendido primero, y sobre la que construyen buena parte de lo que hacen.

Por eso, semana tras semana, incontables jóvenes destinan tiempo de sus propias vidas —horas que podrían pasar en otro lado, haciendo otra cosa— a catequesis, a grupos, a misiones, a retiros. No lo hacen por una convocatoria puntual ni por la foto de un evento masivo. Lo hacen porque entendieron el idioma en el que hablaba Francisco, ese que decía que salir al encuentro del otro no es opcional para quien se dice cristiano, sino el centro mismo de la fe.

Las multitudes se dispersan apenas termina el evento. Los discursos, por más que emocionen en el momento, terminan archivados, citados a medias, repetidos en contextos que ya no tienen nada que ver con el original. Eso le pasó a la frase «hacer lío»: Comenzó a estar en las remeras, carteles y fue comentario en redes cada 9 de julio. Sin embargo, en algún lugar entre tanta repetición, hubo quienes no la dejaron ahí.

No fue una decisión anunciada ni una estrategia pastoral. Fue, más bien, algo parecido a un instinto: la certeza silenciosa de que ser cristiano no alcanza con creerlo, hay que hacerlo, y que hacerlo siempre implica a otro. Esa certeza no necesitó demasiada explicación para instalarse. Se transmitió de la misma manera en que se transmiten las cosas que importan de verdad: no con un discurso, sino con el ejemplo de alguien que ya la vivía así.

Por eso esa frase, tan gastada en la superficie, sigue teniendo un núcleo intacto en su interior. No porque se repita más, sino porque hay quienes la siguen empujando hacia adelante con lo que hacen, no con lo que dicen. Mientras eso siga pasando, en alguna parroquia, en algún grupo, en algún rincón del país, esa frase que todos escucharon va a seguir viva, en los pocos que de verdad la entendieron.