La ciudad de la furia: Cuando el ruido se vuelve invisible

Buenos Aires tiene una característica que muchas veces pasa inadvertida: el ruido, las bocinas, motores, música, alarmas, obras y el movimiento permanente de la ciudad forman una especie de banda sonora que acompaña a sus habitantes todos los días. Tan acostumbrados estamos que no nos damos cuenta de las consecuencias que la contaminación sonora pueden causar en nosotros.

Por: Nick Saavedra estudiante de 3° de la Licenciatura en Relaciones Internacionales

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El problema aparece cuando ese sonido deja de ser algo ocasional y se convierte en una presencia constante. En una ciudad donde los niveles pueden superar los 80 decibeles, el ruido deja de ser simplemente una molestia y empieza a tener consecuencias sobre el cuerpo. Es una exposición que, con el tiempo, puede afectar tanto el descanso como la salud.

Lo más llamativo es que muchas veces ni siquiera somos conscientes de cuanto ruido soportamos. Nos acostumbramos. El sonido del tránsito, una obra en la calle o una bocina dejan de llamar nuestra atención porque forman parte de nuestra rutina. El silencio, en cambio, puede llegar a sentirse extraño, como si faltara algo.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), permanecer expuesto durante periodos prolongados a niveles superiores a los recomendados, pueden perjudicar el descanso y afectar el sistema nervioso. Entre sus posibles consecuencias están la hipertensión, la ansiedad, y trastornos del sueño. Cuando la exposición aumenta, también pueden presentarse efectos graves, como pérdida auditiva progresiva, alteraciones con ritmo cardiaco y un aumento en el cortisol: una hormona relacionada con las respuestas del organismo frente al estrés.

Sin embargo, hablar de contaminación sonora no significa solamente hablar de números. El ruido también tiene una dimensión cultural. Hemos construido una forma de vivir en la que determinados sonidos son considerados normales: el motor del colectivo, una bocina en medio del tránsito, una alarma, una conversación a los gritos o la música que atraviesa las paredes. Sonidos que forman parte del paisaje cotidiano y que, precisamente por su presencia permanente, dejamos de cuestionar.

Por eso, pensar en una mejor calidad sonora implica algo más que intentar reducir los decibeles. También significa recuperar espacios donde podamos descansar, escuchar y permanecen en silencio. Una ciudad verdaderamente habitable no debería ser solamente aquella en la que podamos movernos, trabajar, circular, sino también aquella en la que podemos escuchar al otro.

Quizá el verdadero desafío para la Ciudad de Buenos Aires no sea aprender a convivir con el ruido, sino preguntarnos cuánto ruido estamos dispuestos a aceptar como parte de nuestra vida cotidiana.