¿POR QUÉ EL SILENCIO NOS RESULTA TAN INCÓMODO?

En una sociedad que mide a las personas por su nivel de rendimiento, quedarse en silencio se siente casi como un acto de rebeldía o un momento de pánico.

Por: Clara Trevisan estudiante de 3° de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación

Hay algo profundamente revelador en la reacción que tenemos cuando el ruido se apaga. Si el ascensor se detiene y la conversación cae, el celular aparece de inmediato como un salvavidas. Si caminamos por la calle sin auriculares, nos sentimos expuestos. Vivimos en un mundo que lleva la urgencia impregnada en la piel, un mundo obsesionado con la eficiencia, el rendimiento y la velocidad.

Parece que hubiéramos aceptado una premisa tácita y peligrosa: nuestro valor va a depender de cuanto hagamos. En esa carrera acelerada, donde la cantidad opaca a la calidad y lo complejo tapa a lo simple, el silencio no se percibe como descanso. Se percibe como un enemigo y alerta de la cual es mejor escapar lo antes posible. Pero, ¿por qué nos incomoda tanto?

La obsesión por producir y el fantasma del aburrimiento

La famosa idea de aprovechar el tiempo transformó incluso nuestros momentos de ocio a realizar tareas medidas en cantidad. Como si fuera poco, redes sociales como Whatsapp, Instagram, Youtube y otras, favorecen esta necesidad de optimizar el tiempo al darnos la posibilidad de escuchar los audios y videos en 1.5x o en 2.0x. ¿Cómo puede ser también que nuestra retención de información, nuestra capacidad de atención se redujo de tal manera que mientras vemos una serie o una película, necesitamos tener el teléfono cerca para ir viendo nuestras redes sociales por si nos aburrimos? Pareciera que fuera necesario pagar una entrada para ir al cine con tal de obligarnos a prestar atención.

En este contexto, el aburrimiento se ha convertido en una especie de falla del sistema. Estamos constantemente huyendo de él. Sin embargo, la ciencia y la psicología han demostrado repetidamente que la creatividad no nace de la saturación, sino del espacio vacío. «El aburrimiento es en realidad un factor esencial para estimular la creatividad», explicó la psicóloga Sandi Mann (citada en BBC Mundo, 2017). Según la especialista, estar aburridos «genera un subproducto llamado daydreaming (soñar despierto), que traslada la atención a un enfoque interno donde salen a relucir memorias, imágenes y conexiones inesperadas». Es justamente en el aburrimiento, cuando la mente no está consumiendo nada, donde las ideas se conectan. Al erradicarlo, estamos apagando sin querer la chispa creativa.

El miedo a encontrarnos a solas con la cabeza

Quizás la razón más profunda de esta incomodidad no sea la falta de estímulos externos, sino el hecho de ser nosotros mismos los que paramos la pelota. Cuando el ruido de la cotidianidad desaparece, inevitablemente emergen las preguntas: ¿Estoy contento con mi vida? ¿Por qué siento esta ansiedad? ¿Qué es lo que realmente quiero? El murmullo constante funciona como una anestesia. Nos incomoda el silencio porque nos da miedo enfrentar nuestros propios pensamientos.

Construimos una sociedad en la que frenar está mal visto pero en realidad hacerlo no es perder el tiempo; sino recuperarlo. Una de las herramientas más útiles para evitar esta resistencia es la práctica de la meditación y la búsqueda deliberada de momentos en silencio cómo mecanismo de supervivencia en una sociedad hiperconectada. Hacerlo exige valentía, significa aceptar que no necesitamos estar produciendo algo todo el tiempo para ser valiosos. Implica entender que la esencia de las cosas se encuentra en la pausa, no en la velocidad.

En conclusión, quizá el mayor desafío de nuestra época no sea aprender a rendir más, sino tener la valentía de quedarnos en silencio y descubrir quiénes somos cuando dejamos de hacer.