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Mario Erkekdjian es un ingeniero jubilado de 84 años que pasó gran parte de su vida entre planos, cálculos y cuestiones vinculadas con la ingeniería. Vecino de San Isidro, durante años estuvo ligado al mundo de la industria y la termodinámica. Sin embargo, fue una experiencia cotidiana y comunitaria la que terminó por llevarlo a construir algo muy diferente: una pequeña casita destinada a que los libros circulen.
La idea nació a partir de una experiencia que conoció en Estados Unidos: un espacio de intercambio entre vecinos donde cualquiera podía llevarse un libro y dejar otro. Al llevar ese concepto a su barrio, Mario decidió incorporar un elemento que terminaría convirtiéndose en una de las características centrales del proyecto: que La Casita Literaria no fuera solo un lugar para encontrar libros, sino también un punto de encuentro entre vecinos.
Con el tiempo, aquella primera casita construida en el corazón de Zona Norte se transformó en una iniciativa que trascendió a su creador. El proyecto se replicó en distintos puntos del país y hoy Mario trabaja en manuales y planos para que nuevas comunidades puedan construir y gestionar sus propios espacios.
–¿Cómo era tu vínculo con los libros antes de que naciera La Casita Literaria?
–Una relación muy particular, porque los libros que leía eran todos libros de mi especialidad: libros técnicos o libros de mi actividad laboral. Cuando comenzó el tema de La Casita, yo no lo tomé como un concepto de libros. La idea fue permitir el acceso al libro a cualquiera, de cualquier nivel. Sea una persona estudiada o alguien que no tiene la posibilidad, por razones económicas, de comprar un libro. Este es el camino. Además, es el eje de una integración social.
–¿Cuál fue el momento exacto en que viste la idea en Estados Unidos y pensaste que eso era lo que querías llevar a tu barrio?
–Justamente, al encontrar ese espacio en un grupo cerrado de vecinos que convivían en un edificio de departamentos, dije: esto es algo interesante, porque da la oportunidad de que alguien se lleve un libro que le interese y deje otro.
Entonces estás motivando dos cosas. Primero, el respeto de la devolución: no llevarte el libro y quedártelo. Tener que llevar otro o devolverlo. Porque sería muy egoísta eso. Y después le agregué este concepto del valor agregado: que fuera un punto de encuentro.

–¿Qué viste cuando empezaste a notar que La Casita también se convertía en un espacio de encuentro?
–Acá hay gente que se encuentra en La Casita. Por ejemplo, vi al abuelo con los nietos buscando libros. Lo viví ahora en las vacaciones de invierno. Todos los días, pese al mal tiempo, porque nos tocó bastante feo, con lluvias y lluvias, venían igual a buscar libros.
–¿Venía una persona sola o venían familias?
–Venía la familia. Venían en bici, venía la mamá con el cochecito o el abuelo con los nietos de la mano.
–Pasaste toda tu vida profesional como ingeniero, vinculado a la industria y la termodinámica. ¿Qué tuvo que ver esa formación técnica con la construcción de la primera casita?
–La formación profesional que uno hace como técnico mecánico y después especializándose en una carrera de ingeniería te permite tener varios criterios de construcción. Y eso me facilitó la ejecución. No necesitamos buscar a alguien porque lo hicimos nosotros solos. Con la colaboración de varios vecinos y alguna guía que les indicaba, lo construimos en menos de un mes.
–¿Cómo fue esa construcción? ¿Se dividieron el trabajo?
–Dividimos en función de expertíse de cada uno y de cómo se motivaba cada uno. A alguno le interesaba tomar las medidas, al otro le interesaba pintarlo, otro decía: “Téneme acá que yo lo atornillo de este lado”.
Pero lo más lindo fue el grupo, porque cuando nos deteníamos un rato para tomar un mate cocido, era el diálogo que se formaba. Y con eso se formó una especie de amistad, una comunidad.
–¿Cómo reaccionaron los vecinos cuando les propusiste el proyecto por primera vez?
–Todos a favor. Y más: me alentaron. En un momento dado estaba la opción de dejar de hacerlo porque no encontrábamos un interlocutor válido dentro del municipio. Nosotros queríamos pedir una autorización o informarles que estábamos haciendo esto.
Al principio nos resultó bastante burocrático. Dijimos: “Caramba si para hacer esto es tanta gestión, olvidémonos”. Y ya la teníamos casi por la mitad. Entonces dije: “La cortamos por la mitad, hacemos dos cuchitas de perro y la regalamos”.
–¿Y qué pasó?
–“No, Mario ¿cómo vas a hacer eso? Vamos, que te apoyamos todos”. Después terminó que el mismo municipio vino, se interesó y nos dio un decreto de interés municipal cultural. Entonces ya eso es como que blanqueó todo. Está todo en orden ahora.
–El sistema funciona sin registro ni control, solo con la confianza de la gente. ¿Alguna vez dudaste de que pudiese funcionar?
–Sí, probablemente, pero era que hay que hacerlo. Es un desafío. Es la única forma de darte cuenta si eso va a andar o no: hacerlo, prueba y error. Hasta ahora, el índice de devolución posiblemente no esté a la altura de mi expectativa.
–¿Y cuál es tu expectativa?
–Que por lo menos haya un 50% o 60% de devolución. Por lo que veo, habrá un 30%. Pero no importa, porque los mismos vecinos aportan más libros de los que se llevan. Entonces tenemos para todos.
–De esos 300 libros iniciales a los más de 4.000 que hoy pasan por La Casita, ¿en qué momento sentiste que el proyecto te desbordó y ya no era solo tuyo?
–No lo pensé así. Lo que estoy pensando en este momento es hacerlo de forma tal que no dependa de si Mario o alguien está al frente de eso, sino que sea autogestionable. De eso estamos haciendo los manuales de procedimiento, de madrinas, de colaboradores. Y a su vez eso mismo me hizo pensar un poco más amplio: hacer un plan nacional de casitas, que está en proceso en este momento.

–¿Y cómo se decidió el nombre de la casita? ¿Qué significó esa votación entre los vecinos?
–Fue parte de lo divertido de esto porque cada uno propuso. Hice una convocatoria. En esa época (2021) éramos 78 vecinos del grupo de WhatsApp que teníamos y cada uno aportó alguno.
Sobre los diez nombres se hizo una votación. Usamos un programa muy fácil de sorteo, de aportar cada uno, y eso permitió transparentar todo. Cada uno sabía cómo iba porque teníamos una fecha determinada. Hasta esa fecha teníamos que tener el nombre. Y quedó La Casita Literaria.
–¿Estuvo peleado el nombre?
–Sí. La Casita de los Sueños tuvo 24,3%. La Casita Literaria, 32,4%. Y el que le seguía, Letras Compartidas, 17,6%. Hubo otro, Biblioteca, que prácticamente no fue significativo, con 1,4%. Casita de Libros tuvo 13,5%, Rodateca 2,7%, Entre Comas y Comillas, 4,1%.
–La Casita de los Sueños también es un nombre interesante. ¿Qué te genera?
–Un libro que te invita a soñar, a viajar, a entrar en el mundo del escritor. Hay tantas aventuras detrás de un libro. Y esto sería parte de eso.
–Entre las donaciones que recibieron hubo algunas muy movilizantes, como la de Bahía Blanca después de la inundación. ¿Qué sentiste al ver ese impacto concreto?
–Que pudimos ser parte de resolver un problema futuro. Porque entiendo que una biblioteca es un espacio fundamental en una comunidad. No tenerlo es no tener acceso a mucha información. Esas bibliotecas habían quedado fuera de lado por la inundación, porque se estropearon todos los libros. ¿Cómo se recupera todo eso? No hay tanto recurso económico como para comprar libros nuevos devuelta.
Hubo una organización que hizo una campaña. Nosotros nos sumamos a esa campaña- No es que la hicimos nosotros. Nos informaron a través de los medios que estaban haciendo esa convocatoria y ahí mandamos todos los libros. Hubo un punto de acopio, también una fecha límite para entregarlos. Mandamos cajas y cajas tres veces.
–También recibieron libros que terminaron en manos de estudiantes, como los de Medicina o Ingeniería Naval. ¿Hay alguna historia que recuerdes en especial?
–Sí. Una vez se acercó un grupo de alumnos que estaba haciendo la carrera de Ingeniería Naval en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Una semana antes, una colaboradora nuestra me había dicho que había vivido en Irlanda y que el papá era un ingeniero naval que se trajo todos los libros y no sabía dónde destinar semejante material.
Desde ya que la tecnología avanza vertiginosamente y, de pronto, un libro te puede estar enseñando algo sobre una máquina de vapor. Vos podés tomarlo como concepto, pero hoy no estás fabricando una máquina de vapor. Hay otra tecnología que es mucho más eficiente. Sin embargo, conocer cómo funciona esa máquina de vapor te da el pie o los antecedentes para seguir evolucionando. Y muchos de los cálculos que se hacen hoy por computadora, en estos libros estaban hechos a mano, con reglas de cálculo.
Combiné que vinieron los chicos y vino esta colaboradora y les entregó los libros. Fue emocionante, porque esta mujer vio que ese legado que le había dejado el papá pasaba a buenas manos. Y cada tanto los veo a esos chicos. Les digo: “¿Cómo van?”. Ya terminaron de hacer la tesis. Está fantástico.
–Hoy hay casitas en San Isidro, Tigre, Villa La Angostura, Neuquén, Salta y otros puntos del país. ¿Cómo se replicó la idea en lugares tan distintos?
–Las redes. Esa es la maravilla de las redes. Eso puede hacerte perder cuatro horas por día y no sacar ninguna conclusión. Pero a veces hay gente que ve algo y dice: “Ah, qué interesante”, se motiva y me escribe. Yo les digo que me escriban por WhatsApp, porque es mucho más expeditivo ese camino. Y ahí les mando los antecedentes.
De hecho, estamos terminando los planos en AutoCAD de las casitas, que ya están casi listos. Y eso, a su vez, lo logré a través de unos alumnos de una escuela técnica, la Escuela Técnica N°35, que los construyó, me los dibujó y eso vamos a poner a disposición de todos.
–Y todavía queda mucho por hacer. Con el festival literario y la posibilidad de que un colegio tenga su propia casita, ¿cómo imaginas el futuro del proyecto de acá a unos años?
–Esto no tiene límite. En la medida en que haya una persona que se entusiasme, y esa misma entusiasme a cuatro o cinco y haga un equipo de trabajo, ya está.
–¿Por qué se necesita una casita de este tipo?
–Cuatro cajoncitos puestos uno arriba del otro hasta que hagas una casita un poco… porque esta tiene este diseño, pero hay otras que están sólo en un pedestal o una heladera. Hay una casita en la ventana de una de las colaboradoras.
Ahora, ¿a qué voy con esto? Que esto, más allá de acceder a un libro, sea un chico o un adulto, la devolución, todo eso, es una responsabilidad que asume cada uno. No voy a enseñar, a esta altura no voy a ponerme a enseñar a la gente lo que es el código de ética, pero es fundamental para el respeto recíproco.
–¿Algo más que quieras agregar a esta charla?
–No, que te agradezco la oportunidad de hacer esta entrevista y que a través de tu trabajo probablemente mucha otra gente lo va a escuchar. Estoy a disposición para ayudar a concretar el proyecto.
Podés contactarte con Mario a través de @lacasitaliterariaok