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Cada final del verano, en los meses de febrero y marzo se repite la misma historia en las terminales de ómnibus del país. Valijas grandes, algún que otro mueble, un abrazo largo con los padres y un colectivo que arranca rumbo a las grandes ciudades. Son los jóvenes del interior que dejan su ciudad natal para estudiar o trabajar, y que además de mudarse solos por primera vez, tienen que hacerlo lejos de todo lo conocido, desde la familia, los amigos de siempre, hasta la casa donde nacieron.
Un estudio de la Dirección Nacional de Población basado en registros del RENAPER entre 2012 y 2022, muestra que la migración interna en Argentina está fuertemente concentrada en jóvenes de entre 20 y 24 años, y que el AMBA (Buenos Aires y conurbano) es uno de los principales polos de atracción del país, junto con Córdoba, Santa Fe y Misiones. Esta situación no es casual, es la edad en la que se termina el secundario, se empieza la universidad o se sale a buscar el primer trabajo estable.
Lo interesante es que esta migración tiene una lógica distinta a la de irse de la casa de los padres en general. Estudios cualitativos sobre estudiantes universitarios migrantes, como los realizados en la Universidad Nacional de Córdoba, describen procesos de integración a una nueva ciudad que atraviesan el desarraigo, la reconstrucción de vínculos y resignificación del espacio y el tiempo durante los primeros años lejos de casa. No es solo aprender a cocinar o pagar el alquiler, es reconstruir una red social entera desde cero.
Además, buena parte de esta migración tiene fecha de vencimiento. Investigaciones sobre movilidad juvenil en América Latina señalan que entre los 25 y 29 años se produce un nuevo pico de migración, en parte explicado por la vuelta de esos jóvenes a su lugar de origen, una vez terminados los estudios o consolidada una primera experiencia laboral. Es decir, para muchos, vivir solo lejos de la familia no es un destino final sino una etapa, aunque mientras dura, se vive con toda la intensidad de una primera vez.
Ahí aparece el costado más humano del tema, el estudiante de Santiago del Estero que llega a Buenos Aires sin conocer a nadie, la chica de un pueblo de la provincia de Buenos Aires que se muda a seiscientos kilómetros para estudiar kinesiología, el chico de Jujuy que extraña la comida que le hacía su mamá y contiene su emoción para que no se note en las videollamadas. Cada uno de ellos aprende, a su manera, la libertad recién estrenada contra la soledad de no tener a nadie conocido a la vuelta de la esquina.
Con el tiempo, eso que arrancó como pérdida, se transforma en otra cosa. Los mismos jóvenes del principio que extrañan cada rincón de su casa, de su pueblo, terminan armando algo propio, un grupo de amigos que se vuelve familia elegida, una rutina que ya no depende de nadie más, la satisfacción de resolver los problemas que antes les resolvían sus padres. La distancia, con el paso de los meses, deja de sentirse solo como ausencia y empieza a tomarse como una fortaleza, la de identidad más autónoma, más segura de sí misma, ganada justamente en ese desafío de sostenerse sin la red conocida. Al final, muchos de esos chicos y chicas del interior terminan agradeciendo esa primera mudanza dura, porque fue la que los hizo de verdad, adultos.