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Cada vez falta menos para el avión y, no voy a mentir, tengo el estómago hecho un nudo. Irme seis meses a estudiar afuera suena el mejor de los planes, las fotos en la universidad nueva, los viajes los fines de semana a distintos países y culturas nuevas, la gente de todo el mundo. Pero ahora que se acerca la fecha, lo que parece ser color de rosas y el mejor de los planes, empieza a tornarse en miedo: dejar mi casa, mi rutina, mis amigas y, sobre todo, la comodidad de lo conocido.
Irme sola a otro país es el desafío personal más grande con el que me crucé hasta ahora. Es pasar de tener todo a mano a resolver absolutamente todo por mi cuenta. De repente, desde destrabar un trámite en otro idioma hasta cocinar cuando no tenga ganas, va a depender únicamente de mí. La idea de estar sola en un departamento a miles de kilómetros asusta, pero a la vez hay algo sumamente valioso en ese abismo.
Sé que no todo va a ser un cuento de hadas. Seguro van a haber días de frustración, noches nostálgicas, la necesidad urgente de un abrazo de mamá. Pero también creo que este aislamiento, en algún punto forzado, es la única manera de descubrir de qué estoy hecha, de indagar en lo que soy y cómo puedo afrontarlo, de conocer más en profundidad los diálogos con mi propia cabeza.También, al estar lejos de la mirada de lo conocido, de lo habitual, me va a exponer a mi misma a mi propio espejo y a mi propia mirada, sin juicios externos, y creo que eso es en parte también un desafío enorme.
Al final, este intercambio es mucho más que una experiencia académica; es una apuesta a mi propia madurez. Voy con miedo, sí, pero con unas ganas enormes de atravesarlo. Sé que la persona que suba a ese avión no va a ser la misma que vuelva seis meses después. A pesar del miedo, de que la cabeza quiera jugarme todas las pasadas para que no me vaya, voy a ir igual, con miedo, pero voy.