El regreso de lo vintage: por qué los jóvenes buscan recuperar tendencias del pasado.

Por: Jazmin Hanna Gracia estudiante de 4° de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación

Alcanza con caminar por Palermo un sábado a la tarde para notarlo: pantalones tiro alto, camperas de corderoy, walkmen colgando del cuello como si fueran un accesorio más. Lo que antes era ropa de placard heredado hoy es la prenda que un chico de 20 años eligió a propósito, después de horas revolviendo una feria americana.

La estética retro dejó de ser un capricho puntual y se instaló como una de las tendencias más fuertes entre los jóvenes, tanto en la moda como en la música, la decoración y hasta en los objetos de colección.

La moda circular llegó para quedarse

Especialistas consultados por distintos medios coinciden en que el fenómeno tiene como detonante muchos factores: nostalgia, búsqueda de identidad y ganas de despegarse un rato de la hiperconexión digital. Las redes sociales, lejos de frenar esta vuelta al pasado, la potenciaron: en TikTok circulan videos con estética de cámara casera y tipografías noventosas, mientras que plataformas como Depop convirtieron la ropa de segunda mano en un mercado propio, con influencers que muestran sus hallazgos vintage como quien muestra un trofeo.

Hay incluso una lógica casi matemática detrás de esto. Un estudio de tendencias señala que la moda tiene ciclos de nacimiento, popularización, saturación y desaparición y que suele volver cada veinte años: por eso hoy, en pleno 2026, las prendas de los 2000 vuelven a estar en el centro de la escena.

Pero no es solo una cuestión de ciclos. Los que estudian el fenómeno hablan de la nostalgia como una especie de refugio emocional en momentos de incertidumbre, una manera de reconectar con recuerdos felices en un presente que muchas veces se siente demasiado acelerado. Sin embargo, esa nostalgia no es simplemente copiar el pasado: los jóvenes lo reinterpretan a su manera, se apropian de códigos que ni siquiera vivieron para resignificarlos y construir identidad propia.

A eso se le suma un componente económico y ambiental nada menor. La situación económica actual funciona como caldo de cultivo para que crezca el mercado de segunda mano y buena parte de esta generación prioriza la durabilidad y el origen de lo que compra por sobre la novedad descartable del fast fashion. Elegir una prenda vintage, en ese sentido, funciona también como una forma de consumo más consciente.

En Buenos Aires el fenómeno tiene nombre propio: las ferias americanas. Lo que para otros países se conoce como tiendas vintage, en esta ciudad siempre existió como un circuito propio y hoy vive un repunte fuerte, con locales en barrios como Palermo o Belgrano que reciben cada vez más público joven. Un relevamiento sobre hábitos de consumo mostró además que el interés no se limita a lo local: un 83% de los jóvenes de la Generación Z ya compró ropa vintage o de segunda mano estando de viaje y más de la mitad elige visitar este tipo de tiendas como parte del plan turístico.

Lo interesante es que la búsqueda de lo vintage no se queda en el placard. Pasa por los discos de vinilo, las cámaras de rollo, los muebles con historia que hoy se mezclan con departamentos modernos, e incluso por instrumentos musicales, donde compradores jóvenes buscan piezas con carácter auténtico antes que reproducciones nuevas. En todos los casos aparece la misma idea de fondo: preferir un objeto que cuente una historia por sobre uno producido en masa.

Al final, esta vuelta al pasado dice más del presente que del pasado en sí. En un mundo que cambia todo el tiempo y que empuja a consumir rápido y descartar más rápido todavía, elegir lo vintage es también una forma de plantarse: de decir que no todo tiene que ser nuevo para valer la pena y que a veces la manera más moderna de vestirse -o de decorar una casa, o de escuchar música- es mirar para atrás.