El negocio de volver al pasado

Las redes sociales volvieron atractiva una imagen de mujer que parecía pertenecer a otra época. Entre panes caseros, familias numerosas y vestidos perfectos, el estilo de vida tradicional reaparece como tendencia. Sin embargo, detrás de esa aparente vuelta al pasado existe una contradicción: muchas de quienes promueven abandonar la vida laboral construyeron, justamente gracias a ese discurso, negocios millonarios.

Por: Candela Palomeque estudiante de 4° de la Licenciatura en Relaciones Públicas
Hannah Neeleman, más conocida como “Ballerina Farm”. (Gentileza: New York Times).

En los últimos años, las redes sociales comenzaron a llenarse de mujeres cocinando desde cero, cuidando numerosos hijos, cultivando sus propios alimentos y mostrando hogares en los que el hombre aparece como principal proveedor económico. Son las llamadas tradwives, abreviatura de traditional wives, en español: esposas tradicionales.

Una de sus figuras más conocidas es Hannah Neeleman, creadora de Ballerina Farm, quien muestra su vida junto a su marido y sus hijos en una enorme granja de Utah. En sus videos cocina, ordeña vacas, prepara pan o manteca casera y cuida a su familia. Otra referente habitualmente asociada con esta tendencia es Nara Smith, famosa por elaborar desde cero alimentos cotidianos frente a millones de seguidores. Sin embargo, tanto Neeleman como Smith han tomado distancia de la etiqueta tradwife, aunque su contenido suele ser utilizado como ejemplo de esta estética.

Sin embargo, aquello que se muestra en pantalla como una vida sencilla es bastante menos simple de lo que parece. El marido de Neeleman es hijo de David Neeleman, fundador de JetBlue y Ballerina Farm no es solamente una granja familiar, también es una marca que comercializa alimentos, productos para el hogar y otros artículos. De esta manera, surge una primera contradicción. Se presenta como modelo una mujer alejada del mercado laboral, mientras esa misma imagen genera millones de seguidores, publicidad, ventas y oportunidades comerciales. La mujer que aparentemente no trabaja se convierte, en realidad, en la cara principal de un negocio.

Además, el fenómeno no termina en recetas y vestidos antiguos. En sectores más radicalizados de Estados Unidos comenzaron a circular nuevamente ideas que parecían superadas, como cuestionar el derecho de las mujeres al voto. Algunos grupos promueven incluso, el llamado household voting (un voto por familia), ejercido por el marido en representación del hogar. Aunque estas posiciones no representan a todas las mujeres vinculadas con la vida tradicional, muestran hasta dónde puede llegar el discurso cuando una preferencia personal comienza a transformarse en un modelo político y social.

En ese sentido, el problema no está en que una mujer decida quedarse en su casa, criar a sus hijos o depender económicamente de su pareja. La posibilidad de elegir esa vida también forma parte de la libertad conquistada durante décadas. La discusión aparece cuando una experiencia extremadamente privilegiada se presenta como una alternativa sencilla y accesible para cualquier mujer. Cocinar todo desde cero, criar numerosos hijos y permanecer fuera del mercado laboral resulta considerablemente más fácil cuando detrás existen patrimonio, propiedades, empleados, empresas y millones de seguidores.

Finalmente, queda una pregunta difícil de responder: ¿estas influencers intentan realmente recuperar el modelo tradicional de mujer o simplemente descubrieron que esa imagen vende? Tal vez ambas cosas puedan convivir. Lo cierto es que las redes sociales consiguieron transformar incluso el rechazo a la vida moderna en un producto moderno. Paradójicamente, la mujer que aparece en pantalla como símbolo de un regreso al pasado utiliza una de las industrias más actuales para convertir ese pasado en contenido, seguidores y dinero.