El costo invisible de elegir

Recibirse, conseguir trabajo, mudarse o empezar una nueva etapa suelen ser buenas noticias. Sin embargo, incluso los cambios que tanto esperamos pueden venir acompañados de nostalgia, miedo, incertidumbre y cierta sensación de pérdida. Porque crecer también implica elegir, y elegir significa dejar otros caminos atrás.

Por: María del Pilar Sánchez Acosta estudiante de 4° de la Licenciatura en Relaciones Públicas
Cada elección transforma el camino y deja otros posibles atrás. (Shutterstock).

Hay un momento en el que la vida empieza a cambiar casi sin pedir permiso. Los amigos dejan de tener los mismos horarios, deja de haber espacio para ciertos hobbies, las prioridades cambian y algunos planes que parecían seguros dejan de encajar. No necesariamente pasa algo malo. Muchas veces es todo lo contrario: aparecen oportunidades, nuevos vínculos, proyectos, viajes, mudanzas o decisiones esperadas durante mucho tiempo. Sin embargo, que un cambio sea deseado no significa que todo lo que trae consigo resulte fácil. Crecer tiene algo de esa contradicción: avanzar y despedirse al mismo tiempo.

Una persona puede estar feliz de irse a vivir sola y extrañar escuchar voces en su casa. Puede querer construir una relación y, al mismo tiempo, sentir nostalgia por la libertad de otra etapa. Puede elegir quedarse cerca de su familia y preguntarse cómo habría sido vivir en otro país, así como también puede irse a vivir a otro país y extrañar el día a día cerca de sus seres queridos. También puede descubrir que aquello que imaginó durante años ya no es lo que quiere y tener que despedirse de una versión de su futuro que nunca llegó a existir. A medida que aparecen nuevas responsabilidades, también empiezan a cerrarse posibilidades. Ya no todas las opciones pueden convivir al mismo tiempo: elegir un camino implica dejar otros en pausa o directamente atrás. Y aunque muchas de esas elecciones sean voluntarias, eso no significa que aquello que se deja atrás deje de importar.

Ruth Byrne, investigadora del Trinity College Dublin, estudia el llamado “pensamiento contrafactual”: la tendencia a imaginar cómo habría sido la realidad si una decisión hubiese sido diferente. Según sus investigaciones, las personas construyen espontáneamente escenarios alternativos a lo que realmente ocurrió, a partir de preguntas como “¿qué habría pasado si…?”. Este mecanismo no solo permite revisar el pasado, sino también comprender las propias decisiones y pensar cómo actuar frente a situaciones futuras. Al mismo tiempo, puede despertar emociones como el arrepentimiento o el alivio, especialmente cuando se compara la vida elegida con aquella que podría haber sido.

Las redes sociales pueden hacer esa sensación todavía más evidente. Mientras alguien construye su propio camino, observa en tiempo real el que eligieron los demás: quien se fue, quien volvió, quien empezó de nuevo, quien formó una familia, quien priorizó su carrera, quien decidió vivir de una manera completamente distinta o quien todavía parece tener todas las opciones abiertas. La comparación convierte fácilmente esas vidas ajenas en preguntas sobre la propia. Elegir siempre deja algo afuera. Y sentir cierta tristeza por lo que termina no invalida la alegría por lo que empieza. Quizás una parte de crecer consiste justamente en aceptar esa convivencia. Entender que algunas etapas pueden terminar sin dejar de haber sido importantes, que una elección puede ser correcta aún cuando implique una renuncia y que preguntarse por aquello que quedó atrás no significa haberse equivocado.

Porque crecer no es solamente sumar experiencias, personas o proyectos. También es aprender a despedirse de lugares, rutinas, vínculos y versiones de uno mismo que alguna vez parecieron permanentes. Y tal vez lo más difícil no sea elegir un camino, sino aceptar que no es posible vivir todas las vidas que alguna vez uno se imaginó.