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Economía, salud, educación, política, tecnología, creencias e identidad atraviesan momentos críticos. ¿Realmente todo llegó a un punto límite o nos acostumbramos a verlo así?
La palabra proviene del griego krisis y alude a la decisión, el juicio y el momento decisivo, que era el punto en el que una situación debía tomar un rumbo; es decir, no se refería sólo a aquello que se rompía, sino a aquello que debía resolverse. Con los siglos, esa idea perdió fuerza y la palabra quedó asociada al fracaso. Por eso es problemático llamar «crisis» a todo.
Reinhart Koselleck estudió esa transformación y sostuvo que la crisis ocupó un lugar central en la modernidad. El futuro dejó de parecer una continuación del pasado y el cambio se convirtió en una expectativa constante, en la que cada ruptura comenzó a presentarse como un punto de inflexión, dejando de ser una excepción para convertirse en una forma de interpretar la historia.
Esa incertidumbre se trasladó a la vida cotidiana de todas las sociedades. La idea de “modernidad líquida”, planteada por Zygmunt Bauman, describe una sociedad en la que las instituciones y los vínculos pierden la estabilidad, donde el trabajo, los afectos y las identidades cambian debido a la flexibilización de las normas. La permanencia deja de ser la regla y la adaptación ocupa su lugar. La inseguridad deja de ser un accidente y pasa a formar parte de la experiencia diaria.
La utilización del concepto puede servir para explicar, pero también para ocultar las verdaderas problemáticas de las instituciones sociales. Hablar de “crisis de la educación” podría evitar discutir salarios, contenidos, métodos y acceso. Hablar de “crisis de la política” podría evitar hablar de corrupción, representación o pérdida de confianza. Hablar de “crisis de identidad” podría reducir conflictos personales y sociales distintos a una sola etiqueta. Una sociedad que cree estar ante una emergencia acepta con mayor facilidad medidas excepcionales; es por eso que el concepto tiene un uso político. La urgencia desplaza el debate y la incertidumbre se convierte en una herramienta de poder. No alcanza con afirmar que vivimos en crisis, sino que debemos preguntar quién define la crisis, qué hechos utiliza para demostrarla y qué decisiones pretende justificar.
El problema de nuestro tiempo no es la existencia de demasiadas crisis, sino la pérdida de las certezas compartidas. Cambiaron las instituciones, las formas de trabajar, las tecnologías, las relaciones y las ideas con las que interpretamos el mundo. Cuando cambian varias referencias al mismo tiempo y nos volvemos más dóciles ante los discursos de poder, resulta tentador afirmar que todo está mal. Las crisis pueden destruir, pero también obligan a las sociedades a decidir. Ese era su sentido original.
Cuando todo es crisis, nada es excepcional y dejamos de preguntarnos por qué ocurrió, quién tomó las decisiones y qué futuro queremos construir.