«Corazón contento, cien años vive»

En un contexto que impone el bienestar como norma, especialistas y filósofos invitan a desarmar el mito de la dicha eterna que, lejos de ser constante, aparece en momentos breves y también se construye a partir del conflicto y la adversidad.

Santiago Gabriel Talavera Nuñez, alumno del segundo año de la Lic. en Periodismo

En la era de las redes sociales y el mandato del bienestar, la felicidad parece haberse convertido en una exigencia cotidiana. Publicidades, los medios de comunicación, discursos motivacionales y hasta el entorno cercano refuerzan la idea de que “estar bien” debería ser un estado constante. Bajo esa lógica, cualquier desvío como tristeza o frustración se percibe como un error o una falla personal. Sin embargo, distintas corrientes del pensamiento advierten que esa búsqueda permanente no solo es irreal, sino que es también contraproducente.

Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud fue claro al señalar que la felicidad no puede sostenerse en el tiempo como un estado continuo. La vida, según su perspectiva, está atravesada por tensiones, pérdidas y conflictos que forman parte de la condición humana. En ese marco, la felicidad aparece como algo episódico, en momentos breves que adquieren valor precisamente por su carácter transitorio. Pretender eliminar el malestar no hace más que intensificarlo.

Una mirada contemporánea, como la de la psicóloga Pilar Sordo, propone correrse de la idea de perfección para pensar la felicidad en términos de coherencia personal. Esto implica alinear lo que se piensa, se siente y se hace. No se trata de evitar problemas, sino de atravesarlos sin perder la propia identidad. En esa consistencia aparece una forma de bienestar más profunda y sostenida, lejos de las exigencias externas.

Por su parte, la filosofía también aporta claves para entender este fenómeno. Friedrich Nietzsche cuestionó la idea de la felicidad como objetivo central de la vida. En su pensamiento, el crecimiento personal ocupa un lugar más relevante, incluso cuando está impulsado por el dolor. Conceptos como el amor fati amar el propio destino y el eterno retorno invitan a aceptar la existencia en su totalidad, sin negar sus aspectos más difíciles.

En ese cruce entre psicología y filosofía aparece un punto en común, la felicidad no es una vida sin conflictos. Por el contrario, se construye también a partir de lo que incomoda, de lo que desafía y de lo que obliga a cambiar.

En tiempos donde el mandato es “estar bien” a cualquier costo, tal vez el desafío sea aceptar la complejidad de la experiencia humana. Lejos de ser una meta fija, la felicidad puede pensarse como una construcción cotidiana, hecha de pequeños momentos y de sentido. Reconocer que no siempre se puede estar bien no implica fracasar, sino asumir lo propio de la vida. En ese cambio de perspectiva, la felicidad deja de ser un ideal inalcanzable y se vuelve, quizás, un poco más real.

  • Por Santiago Gabriel Talavera Nuñez.