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Actualmente tenemos a nuestro alcance una cantidad absurda de contenidos culturales que sería impensable años atrás. Sin embargo, este acceso genera una dicotomía entre la libertad de elegir lo que deseamos consumir y cierta ansiedad por consumir todo al mismo tiempo.
Ante esta abundancia, guardamos películas a nuestra lista de «ver más tarde» en Netflix, esperando a encontrar otra opción mejor, en vez de simplemente darle play en el momento y ver de qué se trata. En cuanto te das cuenta, pasó más de una hora y se terminó el momento de ocio.
Compramos libros que nos llaman la atención en el momento, y si lo leemos, resulta complicado terminarlo si a las primeras 15 páginas no nos atrapa. Así, terminan juntando polvo en la biblioteca de nuestro hogar.
La inventigación Hedonic adaptation in cultural consumption, realizada sobre casi 48.000 personas, encontró que la relación entre cultural y bienestar no es tan lineal. Aunque participar de actividades de consumo cultural es asociado con un mayor bienestar, los investigadores identificaron un punto de saturación a partir del cual la excesividad puede tener un efecto contrario.
Pero quizás el problema no sea solamente cuánto consumimos, sino qué hacemos con aquello que consumimos. Existe una diferencia entre haber visto una película y haberla experimentado, entre terminar un libro y haberlo leído, entre escuchar un disco y realmente haberlo incorporado a nuestra vida. Estos contenidos requieren tiempo para asentarse en nuestro cerebro y determinar el impacto que tuvieron. Al final del día, los seres humanos los consumimos con la esperanza de ser movilizados de alguna manera. Un libro puede hacernos detener en una frase, cambiar nuestra forma de pensar o llevarnos a buscar otro. Una canción puede quedar asociada para siempre a una persona, un lugar o un momento.
Sin embargo, nuestra relación con la cultura parece estar cada vez más atravesada por una lógica de productividad presentada en las redes sociales. Hay desafíos de lectura, rankings, estadísticas, listas y objetivos.
Podemos saber cuántos libros leímos durante un año en Goodreads, cuántas películas vimos en Letterboxd o cuántos minutos escuchamos música en Spotify. A fin de año, Instagram se llena de historias donde cada persona muestra estos resúmenes y, como sucede con todos los contenidos publicados allí, comienza cierta comparación.
Quizás ahí esté la contradicción. Tenemos más cultura al alcance que nunca, pero no necesariamente más tiempo para apropiarnos de ella. Tal vez consumir cultura no debería consistir en llegar a todo, sino en permitir que algunas cosas nos cambien. Porque al final, la pregunta no es cuánto vimos, leímos o escuchamos, sino cuánto de todo eso quedó en nosotros.