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La única mujer en Argentina que compite en plataforma de 10 metros cuenta cómo llegó a practicar saltos ornamentales, las lesiones que atravesó, el regreso después de perder nivel y las dificultades de desarrollarse en un deporte con poca infraestructura y visibilidad.

¿Cómo llegaste a los saltos ornamentales?
Yo hacía natación en la pileta en la que entrenaba y siempre veía saltar a los que después fueron mis compañeros. Me daba mucha curiosidad y siempre decía: “Yo quiero hacer eso alguna vez”. Un día mi hermana me llevó a ver una competencia de high diving y ahí estaban repartiendo folletos. Mi hermana agarró uno y me preguntó si quería empezar. Yo le dije que sí, porque siempre había querido. Tenía 12 años y me dijeron que era grande para empezar. Mi mamá tuvo una primera impresión muy mala y no quiso mandarme, pero yo insistí. Me hicieron una prueba; quedé y empecé un taller de tres meses. Después pasé a formar parte del equipo y fui aumentando los días de entrenamiento hasta llegar a entrenar seis veces por semana.
¿Cuándo sentiste que dejó de ser un juego y pasó a ser una parte fundamental de tu vida?
Fue bastante rápido. Hasta mi primera competencia tuve una etapa más de juego y de iniciación. Después empezó a ser fundamental. Cuando cumplí un año, ya iba todos los días. Hoy es literalmente la mitad de mi vida.
¿Qué implica prepararse para competir desde los 10 metros?
Como siempre nos dice nuestra entrenadora, antes de una competencia tenemos que ponernos en una “cajita de cristal”. No te puede pasar nada. Hay que priorizar todo: dormir bien, descansar, alimentarse bien y no lesionarse. También hay mucho entrenamiento invisible. Tenés que regular todo según el momento de preparación en el que estés. Es una disciplina que no termina cuando salís de la pileta.
¿Cuál fue el desafío más grande que tuviste que superar?
Tuve pocas lesiones, pero fueron graves. La más importante fue hace tres años, en Rusia. Estaba haciendo una serie muy difícil desde los 10 metros y, durante un entrenamiento, me golpeé la cabeza contra la plataforma. No pude competir y me tuvieron que operar allá, estando sola. Después tuve que frenar y perdí mucho nivel. Además, nos sacaron las becas y tuve que empezar a trabajar. Nunca dejé los saltos, pero durante un tiempo dejaron de ser mi prioridad.Este año decidimos volver a preparar primero el cuerpo y después la cabeza. Empezamos de a poco, con saltos más fáciles, y fuimos aumentando la dificultad. Hasta que logré recuperar la serie para las competencias que vienen.
¿Qué te hizo volver después de una lesión tan grave?
Lo que me movía era saltar desde los 10 metros y hacer esa serie tan difícil. Me hacía sentir única. Era lo que me daba emoción, entusiasmo y motivación para entrenar. Volví a hacer incluso el salto con el que me había lesionado. Mi familia obviamente se preguntaba cuál era la necesidad de volver a subir después de algo así. Y a veces yo también lo pienso. Pero eso es lo que me mueve. Esa adrenalina y esa emoción son algo medio inexplicable.
¿Cómo manejás los momentos en los que los resultados no son los esperados?
Es de lo más difícil, especialmente cuando sentís que lo diste todo y no fue suficiente. Y en el deporte argentino muchas veces ni siquiera depende de uno. Hay limitaciones de infraestructura y de oportunidades. Ahí juega más la disciplina que la motivación. Hay días en los que entrenas por disciplina y no por motivación. Tenés que aceptar que los tropiezos son parte del proceso y no derrumbarte. Muchas veces te toca llorar y seguir.
¿Qué significa para vos ser la única mujer que compite en plataforma de 10 metros en Argentina?
Siento que soy la que lleva nuestra bandera a lo más alto. Mi especialidad es la plataforma y soy la única mujer en Argentina que salta desde los 10 metros. Me gustaría que el deporte se difundiera más y que también se desarrollara fuera de Buenos Aires. Hay provincias con deportistas que son campeones nacionales y no tienen un trampolín, mientras que en Buenos Aires hay infraestructura que podría repartirse. Imagínate lo que podrían lograr estos deportistas si tuvieran los instrumentos necesarios.
¿Qué característica sentís que el deporte construyó en vos?
La disciplina es algo que se construye con el tiempo. Uno empieza porque le gusta y se divierte y después aprende a caerse y levantarse, a entender que los tropiezos son parte del proceso. Pero creo que hay algo con lo que vine desde siempre: una vocecita que me dice “hacelo, hacelo, hacelo, animate, hacelo”. Yo sé que no tengo las mejores aptitudes físicas. Nunca fui la que logró mayor altura o velocidad. Pero siempre me animé a hacer las cosas. Y eso te da la posibilidad de mejorar.
¿Qué te gustaría que alguien que conozca tu historia se lleve de vos como deportista?
La resiliencia. El hecho de que las cosas no salgan y uno lo vuelva a intentar. Y la confianza en uno mismo.
Muchas veces no estás seguro, pero por lo menos tenés que animarte e intentarlo. A lo largo de mi carrera siempre hice eso. Hubo lesiones, hubo momentos en los que perdí mucho nivel, pero un día hice clic y dije que quería volver a estar al nivel y volver a las alturas. Me lo propuse y lo logré.
¿Qué es lo que todavía te motiva a seguir entrenando y compitiendo?
La sensación de haber hecho el salto. Pararte en los 10 metros y saber que estás por hacer algo que no hace nadie, o que hacen muy pocas personas. Y después pensar: “¿Qué acabo de hacer?”. Esa es la mejor sensación del mundo para mí. También están la adrenalina y el miedo. Obviamente el miedo está, pero haberte animado y después decir “no puedo creer lo que me animé a hacer” es lo que más me motiva.
Si pudieras hablar con la Auka que recién empezaba, ¿qué le dirías?
Que se prepare para lo que le espera, porque no es poco. Que no se enoje tanto, que se trate mejor y que no sea tan autoexigente. Al final va a lograr las cosas que se proponga. Que no sea tan dura con ella misma, que ella puede y que sabe que puede.