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Lo acometió una profunda tristeza. Terminaba de leer algunos párrafos de Visceral de Ampuero, la ecuatoriana y cavilaba. La lectura desde el costado literario, se le hizo llevadera, interesante, no obstante quedó como exhausto. Seguramente leyó de un tirón, pudo haber sido eso. Al cabo de pensarlo lo descartó. Sabía que era otra cosa, rechazo. Rechazo al contenido. Pensó en quién lo envió al grupo. Una mujer sola, permanentemente viajando, viviendo en otro país, ganando mucho dinero con su profesión de marketinera en el candelero, muy recomendada. Las integrantes que lo confundían eran otras. Tenían hijos, alguna una pareja con la que aparentemente se llevaban bien y disfrutaba de la vida. También eran profesionales y su metier era la Literatura, Siempre aportaban sus conocimientos y enviaban tips con sugerencias y enseñanzas muy útiles, certeras, que servían de mucho. Se sentía triste, pero no era una tristeza acongojante, sino como cierta frustración de asimilar esos comentarios misándricos de la escritora que hacía un rato nada más, leyó de corrido. Todos los varones que aparecían en el texto, eran perversos. Por ejemplo uno, llevó dos niñas a un parque cercano, contiguo a otro, en el cual estaban jugando. Con promesas de que sería mejor, que había otros juegos divertidos, logró la mudanza que además las alejaba de la casa. Una tenía un rollo con la gordura. Normal. Un mundo donde se privilegia ante todo la figura, el exterior de una mujer, sus líneas, su cabello, sus tetas y cola, sus piernas. Para la chiquilla, ser gorda, siendo que su mamá también, ejemplo ingrato pero real, constituía una especie de pesadilla. El relato describió previamente, los sacrificios y las distintas variables que se conocían en esa época, para precisamente llegar a la delgadez ansiada. Cualquier recurso, se suponía válido, simplemente el tratamiento no importaba sino, su resultado. Se lograría la felicidad de las féminas gordas, siempre y cuando tuviesen la voluntad de efectuar la mutación de esa persona despreciable, hinchada y fofa, así se sentían y veían, en las flacas y apolíneas figuras que ansiaban reflejar en sus espejos. Entonces fue la elegida por el degenerado que simulando que todo era juego, manoseó, se metió con el cuerpo de la gordita, que estimulada por sus propios deseos, se dejaba hacer y más aún participaba con ello de la crueldad y lascivia que trasuntaban los movimientos y gestos de brazos, manos y cuerpo en general, qué instrumentaba el perverso demonio del basura (hombre). De improviso la aparición de la atribulada madre, corriendo a parque traviesa y a los gritos, dio por terminada las lecciones masculinas. El hijo e´puta tratando de disimular, calladamente se apartó temeroso de la escena. Asustado tal vez, o defensivamente, se alejó a las zancadas de allí.
____ A casa, que se hace de noche… gritaba mamá, mientras sujetaba fuertemente de las muñecas a las niñas, obviamente las emociones y fatiga de la gordita, le impedían trotar al ritmo que imponía la furibunda señora.
Volviendo a los textos leídos con gran desazón, es como que actualmente, existe una cierta convicción previa a cualquier análisis, de que los varones son todos misóginos. Hasta aquellos que como vemos son buenos maridos y dedicados papás, son pasibles de pertenecer al interior de esa bolsa de gatos, todos iguales, al fin, muestran la hilacha. Para sustentar la teoría, a toda edad, es manifiesta la alianza de las mujeres con respecto al patriarcado que las marginó en los siglos anteriores. Ahora viven plenamente. Políticas, Profesionales, Independientes, Derivando tareas que tiempos atrás, fueron exclusivamente a su cargo. La limpieza de la casa, las compras, la cocina, el cuidado de los niños, etc. Tareas que se fueron tornando, al menos, compartidas por ambos sexos. Ni que hablar del trabajo y de las decisiones Pasan por ellas obvio. Difícil de explicar, porque ya lo sabemos, es notorio y aceptado.
¿Será porque así no era antes, siglos atrás? Y no tanto, hace alrededor de cincuenta, sesenta, setenta años, más o menos.
Tengo la ingrata sensación y el malestar que produce, asistir a toda clase de peyorativas alusiones a los varones, a los masculinos cómo los llaman los uniformados en diversas situaciones en que se los nombra. Hasta pareciera que no es adrede para nada. Sencillamente aflora, aparece la frase, el gesto de la cara, ese semblante que no es sonrisa, sino algo como, somos compinches. No es evidente, no. Pero está ahí, mirando a los desdichados desde ese lugar más arriba que parece que existirá, pero no se dice. Implícito. No hablemos del número, de lo presencial y/o lo digital, Siempre, pero siempre, ellas son más y se nota mucho. Son menos en el fútbol, el boxeo, en las orquestas grandes, pero en las clases de yoga, Pilates, o en otras artes orientales, en los coros, en cursos y talleres de toda índole, los hombres son muy pocos Seis mujeres, dos tipos. Entre sopranos y contraltos cuarenta mujeres, tenores, barítonos y bajos, unos quince. ¿Y varón? La proporción es más que evidente, así que nada macho, es así… Misandria…