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En un mundo obsesionado con escalar puestos, la carrera de Toly se mide en décadas, abrazos y canciones. Ser docente de jardín hace más de 25 años no es solo un trabajo: es una elección diaria. Acá no hay ascensos ni cargos más altos; la exigencia física y mental es la misma desde el primer día y el desgaste pesa, pero ella sigue ahí, firme. Hablé con ella para entender cómo mantiene esa pasión intacta después de tanto tiempo.
-Mirando hacia atrás, ¿imaginabas construir toda tu vida profesional dentro del jardín de infantes?
Sí, totalmente. Desde muy chica lo sabía: cuando estaba en la escuela, en los recreos me escapaba a las salas de jardín para leerles cuentos a los más chicos. Siempre tuve claro que mi lugar era ahí. Para mí no había otra opción; esa vocación de enseñar y cuidar estaba marcada a fuego desde el principio, muy ligada también a mi deseo de ser madre.
-Trabajar con niños exige una presencia total. Cuando el cansancio y el paso de los años pesan, ¿de dónde se saca la energía?
Las fuerzas salen de la convicción de saber que esta es mi vocación; cuando estás segura de tu lugar, la pasión acompaña sola. Pero además hay un empuje más concreto: saber que estos son los años más importantes de una persona. En esta etapa se sientan las bases de lo que van a ser como personas. Ser consciente de lo que hay en juego en cada sala es lo que me hace poner el cuerpo todos los días.
-En casi todos los empleos la carrera se mide por subir de puesto. Acá el rol siempre es el mismo. ¿Cómo cambió tu idea de «éxito»?
Eso es algo que sabés desde el día 1 en qué elegís estudiar la carrera. Hay días en los que la motivación cuesta más, como a cualquier ser humano, pero el éxito no se mide en escalar puestos. Se mide en la mirada de cada chico. Cada uno viene con una historia y una realidad distinta, y ser vos quien lo acompaña en ese proceso es el motor para seguir. Al final del día, el verdadero crecimiento es ser testigo de cómo van cambiando y ver de cerca los frutos de todo lo que mejoran.
-¿Cómo se evita caer en el desgaste o la rutina tras tantos años?
Es que acá no existe la rutina porque los chicos nunca son los mismos, ni siquiera el mismo grupo de un día para el otro. Un día vienen con ganas de jugar, al otro atravesando un cambio en la casa. El desgaste es el estar presente y entender que probablemente cada día vayas a necesitar una estrategia distinta.
-¿Qué es lo que más disfrutas de ser docente?
En mis más de 25 años de carrera siempre trabajé en los mismos colegios a las que iban mis hijos. Disfruté muchísimo cruzármelos en los pasillos, mirarlos de lejos y saber que ellos estaban tranquilos teniendo a su mamá cerca si la necesitaban. Hoy, con casi 50 años, no voy a negar que cada día cuesta un poco más poner el cuerpo, pero ellos son y siempre fueron mi mayor motor, sumado a todo ese amor por la enseñanza del que hablamos antes.
Escuchar a Toly confirma que la vocación docente no busca diplomas ni cargos altos. Se mide en huellas afectivas imborrables y en la certeza de que, pase el tiempo que pase, la pasión por educar sigue intacta.