La edad en la que debería sobrar futuro

Detrás del aislamiento y el malestar que pueden pasar inadvertidos en las aulas, las cifras del suicidio adolescente alertan sobre un problema de salud pública que exige prevención, escucha y acompañamiento.

Por: Ainhoa Repetto estudiante de intercambio de la Licenciatura en Periodismo (Universidad de Málaga)
Foto: Canal Salud IMQ.

En un aula, un adolescente puede permanecer sentado en el último banco mientras alrededor suyo continúan las conversaciones, los celulares, las risas y las preguntas de un profesor. Puede entregar sus trabajos, aprobar los exámenes y volver a casa como todos los días. Puede incluso responder que está bien cuando alguien le pregunta. A veces, el sufrimiento no se parece a una crisis. Se parece al cansancio. Al aislamiento. A dejar de hacer aquello que antes disfrutaba. A dormir demasiado o demasiado poco. A no querer hablar. Justamente por eso puede pasar desapercibido.

En Argentina, el suicidio es la segunda causa de muerte entre chicos y chicas de 10 a 19 años. Según UNICEF, los casos en la adolescencia se triplicaron durante las tres décadas previas a su investigación y, entre los adolescentes de 15 a 19 años, la tasa alcanzó los 12,7 casos cada 100.000. Pero lo que sucede en Argentina forma parte de un problema mucho más amplio. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 720.000 personas mueren cada año por suicidio en el mundo. En 2021, fue la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. El 73% de los suicidios se produjo en países de ingresos bajos y medianos.

Los datos más recientes publicados por UNICEF muestran que, alrededor del 21% de los adolescentes argentinos declara haber tenido pensamientos suicidas y cerca del 15% afirma haber intentado quitarse la vida al menos una vez. Las tasas más altas de intentos se concentran entre los 15 y los 19 años. Hablar de suicidio adolescente, sin embargo, no significa buscar una explicación sencilla.

La OMS señala que las causas son múltiples y están atravesadas por factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. La violencia, los abusos, las pérdidas, el aislamiento o determinadas situaciones de vulnerabilidad pueden aumentar el riesgo. UNICEF también advierte que no existe una única causa capaz de explicar por sí misma una conducta suicida.

En ese contexto, la prevención no depende únicamente de los profesionales de la salud. Las familias, las instituciones educativas y el entorno social también pueden desempeñar un papel importante al reconocer señales de sufrimiento, ofrecer espacios de confianza y facilitar el acceso a ayuda profesional. Los cambios en el comportamiento, el aislamiento o la pérdida de interés por actividades habituales no permiten diagnosticar por sí solos una situación de riesgo, pero sí pueden ser motivos para acercarse, preguntar y escuchar sin juzgar.

Hablar de salud mental y de suicidio adolescente no consiste en reducir una vida a una estadística, sino en comprender la dimensión de un problema que requiere respuestas colectivas. Porque, aunque no siempre sea fácil reconocer el dolor de quien tenemos al lado, escuchar, acompañar y pedir ayuda a tiempo puede marcar una diferencia. Ningún adolescente debería tener que atravesar su sufrimiento en soledad.