Era del consumo: ¿todos podemos comunicar?

En 2026, gran parte de lo que millones de personas llaman información nunca pasó por una redacción. Mucho del contenido que antes era difundido por los medios tradicionales, se grabó en una habitación, se subió a Tiktok y llegó a más gente que la portada de cualquier diario.

Por: Paz Ayr, estudiante de 1° de la Licenciatura en Periodismo
Las redes sociales transformaron la manera de informarse y abrieron el debate sobre quiénes tienen legitimidad para comunicar. (Foto: Carlos Hernández).

Los periódicos impresos ya casi nadie los lee: Instagram, TikTok y X se convirtieron en la puerta de entrada en la actualidad, o la única forma de informarse, sobre todo para los más jóvenes. Un 44% de los chicos de entre 18 y 24 años dice que las redes y las plataformas de video son hoy su fuente principal de noticias por encima de la televisión y la prensa. Me queda dando vuelta una pregunta incómoda; si cualquiera con un celular puede comunicar, ¿que diferencia a un profesional de alguien que simplemente tiene público o seguidores en las redes sociales?

Para el teórico del periodismo Lorenzo Gomis, la noticia no es un espejo de la realidad sino una construcción con reglas propias; un hecho se vuelve noticia cuando presenta resultado, aparición, desplazamiento o explosión, y sobre todo cuando pasa el filtro de rutinas profesionales pensadas para separar lo relevante de lo ruidoso. En palabras más simples, no todo lo que sucede es noticia y no toda noticia la puede comunicar quien quiera.

Un influencer o streamer no suele tener esas rutinas. Tiene otra cosa: cercanía. Publica sin editor, sin verificación previa, sin la demora de un cierre de edición. Esa cercanía, en una sociedad cada vez más desconfiada y que busca protegerse o resguardarse de todo lo que suene a mensaje corporativo o poco auténtico, permite que se constituya lo que Andrés Llamas denomina un «territorio de no oyentes». Todo indicaría que esta característica vale mucho más que un título universitario.

La vieja disputa por ser escuchado ya no se gana con autoridad sino con la sensación de igualdad: un creador de contenido habla desde el mismo lugar de quien lo escucha. Este nuevo escenario de la difusión de información refleja una paradoja de fondo: nunca hubo tanta oferta de comunicadores ni tanta desconfianza en la comunicación. ¿Quién es responsable cuando alguien informa mal? ¿Qué pasa si un influencer opina sobre un tema que no domina y un tercero sale perjudicado? El periodista profesional, con todos sus defectos, responde ante un editor, un código de ética y, en el peor de los casos, la justicia. El influencer opera casi siempre en un vacío.

En la Argentina se presentó en 2020 un proyecto de ley sobre el régimen jurídico de los influencers, sin embargo aún no se han tenido noticias sobre el tema. El resultado: vivimos en una sociedad sobrenotificada pero subinformada: todos reciben algo todo el tiempo, pero pocos se detienen a verificarlo. Es el terreno perfecto para lo que Llamas denomina la Ley de la relevancia y la simplificación: “Véndeme lo que quieras, que yo lo compro solo si lo necesito o si me lo dice alguien en quien ya confío, tenga o no carnet de periodista”.

Entonces, ¿Quiénes comunican con la verdad? Esta es una pregunta que hoy muchos se plantean y que abre debate para quien decida interesarse en el tema. En definitiva, la decisión sobre a quién acudir para informarnos recae en cada uno, pero de lo que sí estoy segura es que si solo nos guiamos por los creadores de contenido en las redes sociales, debemos tener mucho cuidado de quién lo dice y cómo lo dice y no dejarnos engañar por la saturación de contenidos.