Entre animales e historias: la creatividad de los alumnos de UPAMI

A partir de la lectura de Las medias de los flamencos, de Horacio Quiroga, se animaron a crear sus propios textos. La consigna fue imaginar animales con características humanas y dar vida a nuevos relatos desde la imaginación y la escritura.


Recreación de Gurbo

Guillermo Iparraguirre

“Había una vez un animal que quería desesperadamente…”

En la primera versión que hice, cuando terminé de leerla en voz alta, me encontré con un cumulo de rostros insatisfechos, que claramente pedían mas “literatura fantástica”.

Esta 2da versión es un intento de suplir esa carencia.

Hablé de “un perro que quería desesperadamente…salir al campo conmigo” … Se llamaba Gurbo como las bestias de “El Eternauta” y también como ellas era de una raza indescifrable, totalmente negro y de una rapidez no condicente con su tamaño… era casi un oxímoron… ¡un rayo negro! Si Thor y su rayo hubieran sido negros difícilmente hubieran sido visibilizados en las oscuras noches islandesas y no habría surgido su culto.

Gurbo era alegre y juguetón, También ingenuo, porque parecía convencido de que los demás seres del mundo participaban de su sentido lúdico de la vida. Y que jugaban una especie de “mancha venenosa” al correr, alejándose de él, cuando se acercaba corriendo hacia ellos.

Tenía la lealtad y fortaleza que podemos adjudicarle a “un hermano mayor” cuando somos niños. Tenia clara consciencia de su fuerza y poder y lo administraba con benevolencia, nunca más allá de lo estrictamente necesario.

Tenia una memoria prodigiosa y yo diría una intuición “sociológica”. Recordaba a todos y cada uno de los que lo habían tratado mal y clasificaba a los humanos en clases diferenciadas. En la práctica era un “papel tornasol” que determinaba la “acidez” de las conductas humanas… y nunca me defraudó con un diagnóstico equivocado.

El divorcio de la pareja que formábamos se producía cuando yo tenia que trabajar con la hacienda. No podía llevarlo porque me desordenaba los rebaños. Entonces lo dejaba atado a una larga cadena. Le hablaba explicándole el porqué, él me escuchaba mirándome fijo, sin llorar ni quejarse, pero sus ojos se iban velando de tristeza.

También me seguía cuando salía al campo en camioneta. Por lo que también quedaba atado cuando recorría el campo en camioneta por mucho tiempo.

Una mañana, como tantas otras, tenía que salir a recorrer y trabajar corrido durante casi todo el día, con almuerzo en la manga incluido. Como de costumbre lo deje atado.

En algún momento, luego de largos tironeos, corto la cadena y salió a buscarme. Trabajé y recorrí, a la tardecita volví a casa y Gurbo no estaba… pensé: volverá a la noche, a su cucha… y no volvió.

En la mañana siguiente organizamos su búsqueda y lo encontramos muerto en el confín del campo. El veterinario dictamino que su corazón no resistió el esfuerzo de correr tras la camioneta.
Después del dolor, me sirvió de ejemplo para explicarle a mis hijos los peligros del “amour fou”. Es un amor que te puede llevar a la perdición.

A medida que iba escribiendo esta 2da versión era como que la luz se fuera atenuando y una especie de niebla me envolviera, a mí y a mi memoria, enturbiándola. Ya no tengo claro si Gurbo coexistió conmigo o son recuerdos o fragmentos deshilachados de algún relato de mi padre o de mi abuelo. Sea como sea, Gurbo tiene existencia “real” en alguna parte de mi ser.

Fiesta con disfraz

Guillermo Iparraguirre

Hace tiempo que tengo claro lo que hubiera cambiado, no tanto de mi apariencia, sino de mi esencia. Y no para una fiesta especial, sino para todas las fiestas. Poder cantar y bailar “bien”.
Siempre pensé que era un “don”, que nos era otorgado o no. Y si no lo poseíamos había que bancarlo. No tuve la perseverancia ni la convicción de que las practicas esforzadas mejoraban la técnica.

Tal vez la conciencia de ese error juvenil sea el motivo de la atracción innata que provocan en mis las teorías de la reencarnación y trasmigración de almas memoriosas, que conservan el registro de sus carencias y pueden subsanarlas en una nueva vida.

Me fascinaban las canciones melancólicas que hablaban de amores truncos… los tangos de Manzi o Castillo, el Brasil de María Bethania y Vinicius, los boleros de Agustín Lara, Cuco Sánchez y Chavela Vargas. Los fados Amalia Rodrigues…

Me equivoqué al tomar el cantar y bailar como un medio y no como un fin en si mismo. Me los imaginaba como poderosos artefactos de seducción. Que la posesión de esas destrezas te transformaban casi automáticamente en “winner”.

No elegiría un disfraz para ir a una fiesta. No me gustan por el intento de engaño que encierran. Hubo una fiesta importante a la que concurrí con mi rostro como máscara y “vestido de elegante sport”. También iba a estar “María Antonia” una barcelonesa venida de niña a Argentina, portadora de todo el salero y la gracia española.

Fue el inicio de una deliciosa temporada de fiestas. Pero la niña española estaba más interesada en las fugaces burbujas del champagne de la fiesta, que, en la fiesta en sí, Por lo que la temporada fue corta. Una breve temporada de verano.

Siempre me intrigó pensar que hubiera ocurrido si hubiéramos logrado construir un elenco estable que nos permitiera salir de jira por el mundo… muchas temporadas.


Leones y Leonas Mayorcitos

Enrique Ehrlich

Jacinto, inveterado pensador, trató de recordar la charla que tuvo cuando el Faraón los convocó a la circular arena del estadio. Allí se destacó de otros como él, compañeros que claro, faroleaban presuntuosos, con las luchas ganadas a tal o cual gladiador. Su historia era una historia de amor, sentimiento que compartía con Marcia, la leona que conoció en el festejo del nacimiento del hijo del Faraón. Vivían juntos desde entonces, y, teniendo en cuenta que el hijo del Faraón cumplió 25 años hacía poquito y entrenaba con los gladiadores, esa era su ocupación.

Al cabo de tantos años, sentía que Marcia y él, habían cambiado sus rutinas cotidianas, y especialmente la genitalidad, ya que no era ardiente y fogosa como antaño. Se explicaban uno al otro valorando la existencia de un par de leoncitos que tuvieron a bien criar sanitos y gorditos, cualidades que todos los progenitores quieren que sus hijos tengan.

No era lo único que Marcia y Jacinto conversaban. Cómo sus relaciones íntimas se fueron aquietando y espaciándose, convinieron en darle lugar a un vínculo, donde aparecía una figura nueva, desconocida y gratamente potente y divertida.

Un león muy anciano al que consultaron en un bosque vecino, les dijo que su descubrimiento era normal y no requería nada más que disfrutarlo. Así fue como la pareja, incluyó lo que el sabio león les había aconsejado que hicieran. Jacinto se acercó al pajonal cercano a un lago donde se guarecían y sin decir agua va, empezó a masajear las elásticas patas traseras de Marcia. Ella le sonreía suavemente y con sus patas delanteras le acariciaba la melena enorme, que coronaba su cabeza.

Solamente dejándose sentir, se hundieron, se sumergieron en el intenso, maravilloso momento que producí el genuino amor que se profesaban, prodigándose en voluptuosas caricias mutuas; descubriendo lo que algunos siglos después, los humanos llamarían el ¡Erotismo en la Vejez!

Jacinto y Marcia, Invitados al Aniversario de Camila

Enrique Ehrlich

La elegancia de Jacinto y Marcia (porque ambos lo eran) era conocida entre los vecinos de la jungla donde establecieron su morada. Pero tratándose del Aniversario de Bodas de la Camila, la elefanta, con su consorte Abel, todos pensaron en un ágape, si bien sencillo, debían presentarse con sus mejores galas, para hacerle honor a la pareja. Muy cerca de donde vivía nuestro dúo felino, se instalaron largas mesas (¡ oh…sorpresa) con una grata mantelería gris oscura, ideal para todos los habitantes del bosque aquel, que obviamente no tenían demasiada urbanidad, para engullir los ricos manjares dispuestos en unas grandes fuentes, hechas con tallos de hojas secas de palmera.

A eso de las 12hs.de ese sábado de febrero, de insoportable calor, estaba prevista la llegada de los invitados. Marcia destacaba con un atrevido atuendo, que dejaba al descubierto parte del hombro formado por su paleta izquierda y la pata delantera del mismo lado. Era de una tela brillosa, de ligero tono verdoso muy poco parecido a la gramilla del suelo, sin mimetizarse con él. Ya que lo que habitualmente acostumbraba a vestir al salir de cacería, si se mimetizaba para no asustar a las presas que acechaba. Llevaba una vincha al tono sobre la cabeza.

A su lado Jacinto totalmente engalanado con un moño bordeaux sobre su frondosa melena, saludaba a todos los presentes con una cortesía que lindaba con lo meloso. Le chorreaban las fauces de tantas sonrisas que repartía, especialmente a las hembras. Claro que dicha actitud generaba miradas torvas de los machos de turno, cuyos celos solo amenguaban cuando con famélica ansiedad, iban tragando las apetitosas piezas puestas en los tallos secos. los varones, aún de los más arrogantes, y peleadores, no levantaban la vista de los manjares, que iban desapareciendo como por arte de magia.

También, se libaba de unos cuencos de cocos partidos al medio, una especie de jugo formado por la leche de los mismos frutos peludos, y parte de una bebida espirituosa robada de un campamento de expedicionarios a la selva. El empresario organizador de la farra, era un célebre orangután, que por cierto, cobraba una fortuna por armar todo y aportar las vituallas para los comensales.

Llegó la música, se meneaban hembras y sus compañías al ritmo del grupo de monos y algunas ardillas que tocaban bongos y timbales, baterías, tumbadoras. La armonía y picarescas letras de las canciones, eran interpretadas y cantadas por los monitos, un grupo de distintas coloridas y originales vestiduras, con increíbles instrumentos tomados de la naturaleza, algunas cañas con agujeritos y cuernos vaciados de contenido.

La jarana fue transcurriendo alegremente y muchos empezaron a retirarse, porque se venía la noche encima y debían procurarse el sustento para la cena. Hubo un entredicho por los celos de Jacinto que cuando no le gustaba que miraran a Marcia, rugía como el mejor, logrando de ese modo, asustar al que osaba contradecirlo. Afortunadamente, no paso a mayores la reyerta. Evidentemente, Camila y su concubino Abel, gozaban de cierto predicamento sobretodo por su enorme tamaño, con lo cual nadie quería arruinar la festichola y con mucho respeto y recato, fueron partiendo a sus guaridas. Marcia y Jacinto, habían preparado un cervatillo asado para cuando regresaran, así que allá fueron mientras se les hacía agua a la boca. No se condecía con lo que comieron y bebieron en abundancia durante el agasajo.


Cómo llegó Boby a la familia

Mónica Sarquis

No recuerdo quienes estábamos esa tarde en casa. Fue hace bastante tiempo.

Tal vez mis hermanas, mis hijas Belu y Lu, algunas amigas, todas charlando en el living mientras esperábamos que Caro , mi hija del medio, volviera del colegio.

Se abre la puerta y ella muy felìz, con una sonrisa de oreja a oreja, entra con un perro atado a una cinta cualquiera, que cumplía la función de correa.

Miren lo que me encontré en la calle. Bueno, no precisamente en la calle pero si en la plaza.

Ella tenía unos 12 años, el perro que era blanco con manchas negras, no se.

Yo no entendía nada, qué pretendía hacer con su encuentro, traerlo a vivir a casa?

Lo miré, él ya estaba convencido de que era así. Tenía una expresión de sonrisa compradora. Gran actor el pichicho. Perro mugroso, feo sin ninguna raza a la vista. Cómo se le ocurrió a mi hija que podía ser bienvenido a nuestro hogar?

Me puse como loca, esa mugre de dos colores quería pasar a ser parte de la familia. Yo no se lo iba a permitir!!!

Por favor mami, está solo. No tiene casa. Insistía en el rol del buen Samaritano, o sea ella. Yo no daba el brazo a torcer. Ese perro callejero, sucio y seguramente sin educación, aquí No.

Mientras yo gritaba para que lo lleve al mismo lugar de donde lo había sacado, y ella no transaba y se aliaba con el indigente cuadrúpedo haciendo fuerza para que yo no los eche a ambos a la calle, Claudia , una de las presentes se acerca y me dice: lo primero es bañarlo yo me encargo Mónica, cuando esté limpio lo vas a mirar de otro modo.

Mientras, anda a charlar con tu hija, que seguramente necesita esta nueva compañía.

Ella no quería llevar al perro nuevamente a la calle y lloraba tratando de convencerme de que lo mejor que nos podía pasar, era tener un perro y tenía que ser éste.

Al rato, apareció limpio gracias a las bondades de Clau. La verdad es que acicalado estaba bastante mejor. Se había ganado su comida.

Perfecto dije, se queda pero se tiene que portar bien. Porque a la primera se va. De acuerdo? Ah y el nombre se lo elijo yo.

Todos de acuerdo. Le puse Boby. Porque tenía cara de bobo, también eso sabía hacer. Poner cara de tonto y pobrecito. No hubo protestas.

Un Oscar para el canino, por favor!!!!

Lamentablemente nunca fijamos las reglas de comportamiento para Boby, que pasó de hacerse el bueno y agradecido los primeros tiempos de su estancia en casa, hasta que por fin pudimos ubicarlo con otra familia, después de todos los desastres que se mandó.

Supongo que a esta altura ya lo habrán echado de al menos 4 casas.

Boby. (Cortesía: Mónica Sarquis).

El panteón de la ciencia

Ricardo Galdós

Recibí una extraña invitación; por cierto rara, muy rara. Me sorprendió, tanto la convocatoria en sí, como la forma en que me llegó.

Todo comenzó ayer lunes por la mañana cuando salía para el trabajo. El encargado del edificio me atajó en la puerta de calle para entregarme un sobre:

— Dejaron esto para usted, doctor.
— ¿Quién lo dejó?
— Me lo dió un hombre de traje y anteojos oscuros que bajó de un Mercedes Benz. Manejaba otro tipo.
— ¿Dijo algo?
— Sí, dijo que no olvidara entregársela.
— Gracias, Juan — me despedí mientras pensaba que en tiempos de Internet, resulta insólita una entrega en mano, ya no se estila.

El sobre estaba lacrado y sellado con un monograma de tres letras: IVN. No conocía a nadie con esas iniciales; tampoco ninguna entidad con esa sigla. — Será un «Instituto Verificador de Neutrones»…—, se me ocurrió pensar; pero no tenía sentido, no lo iba a descifrar nunca.

Apenas llegué al laboratorio abrí aquel sobre tratando de no romper el sello. No lo conseguí. Contenía un tarjetón de papel telado con las mismas tres letras del sello grabadas en relieve sobre el borde superior. Era una invitación por demás extraña. La cita era para el siguiente domingo a medianoche en la capilla del panteón de la Sociedad Española de Socorros Mutuos en la Chacarita.

Efectivamente, ¡en el Cementerio de la Chacarita! La invitación indicaba que el organizador era una agrupación de científicos e investigadores de todo el mundo y que me habían seleccionado para participar de un encuentro de gran trascendencia científica. No tenía idea por qué a mí, que solo soy investigador del Conicet. Sospecho que fue porque una vez compré en la we, mil gramos de neodimio para mis investigaciones sobre tierras raras. No se me ocurre otro motivo; no tengo redes sociales; hasta ahora no he publicado ningún paper sobre mis investigaciones, ni tampoco he particpado de congresos científicos Puse la invitación a un lado y me sumergí en lo mío.

Al llegar a casa me puse a leer los detalles de la convocatoria. El código de vestimenta indicaba presentarse con una máscara que no permitiese exponer la identidad real; proponía que sea representativa de la sabiduría y que significara una sacralidad científica. No había que portar documentos, teléfonos móviles, cámaras, tablets, ni lentes inteligentes.

Estuve pensando toda esa tarde acerca de lo indicado y finalmente resolví personificar al dios Thot — deidad egipcia de la sabiduría y la ciencia—; se lo representa como un cuerpo humano con cabeza de pájaro: el ibis: ave zancuda, de cuello largo y pico también largo curvado hacia abajo. Mi versión del dios Thot implicaba enfundarme en un esmoquin azul oscuro, camisa celeste hielo y un moño amarillo pastel; en la cabeza, una máscara con pájaro ibis en negro con filigranas en verde y dorado. La imaginé como una suerte de gorra de baño que cubriera toda la cabeza hasta el cuello de la camisa, y que debajo del largo pico quedaran ocultas, la nariz y la boca. A la altura de las orejas irían unos pequeños orificios y, en correspondencia con los ojos, unas necesarias ventanas para no tropezar con el mundo.

De mi amigo Luis José, hombre de fiesta en fiesta, tomé prestado el traje. Con la ayuda de mi amiga Maby —delicada costurera del Teatro Colón—, confeccionamos la máscara. Sus bordados quedaron increíbles, dignos de una ópera. El calzado debía ser cómodo y flexible; cómodo como para un largo plantón, y flexible para facilitar una salida a la disparada si fuera necesario; opté por mis zapatillas blancas de tenis —a los dioses se les conceden ciertas licencias en la etiqueta—, les quité los restos de polvo de ladrillo, las blanqueé con albayalde y las puse a secar en el alféizar de la ventana.

En la noche del sábado previo al encuentro, me probé la máscara; todo estaba en orden. La puse en una bolsa y salí para la Chacarita; llegué media hora antes de medianoche. Con disimulada firmeza encaré hacia el peristilo del ingreso; se apreciaba allí un singular movimiento de personas, pregunté a un guardia en la entrada:

— ¿A dónde va toda esta gente?
— Vienen por la visita nocturna. Son varios grupos con distintos recorridos— respondió.
— ¿Es gratis? — consulté por curiosidad.
— Sí…, si es menor de 12 o mayor de 65, de otra forma cuesta cincuenta dólares. Hay mucho turismo.
— Ajá…— respondí, aún más sorprendido.

Nunca había estado de noche en un cementerio; menos me imaginaba Chacarita como punto turístico. Hoy por hoy, todo es negocio —conjeturé ingenuamente como si no lo supiera—.
Ingresé. Traspuse la columnata. Una vez dentro, se me acercó alguien con una tarjeta de identificación colgando del cuello:

— ¿Dr. Greg? ¿Es usted el Dr. Enrique Greg? — inquirió con tono amable.
— El mismo— atiné a responder mientras giraba mirando alrededor intentando identificar otros invitados. Ninguno lo parecía; nadie lucía como invitado de la misteriosa IVN.
— Sígame. Cuando se lo indique, deberá colocarse la máscara y, sin detenerse, ingresar inmediatamente por la puerta que le señale. No hable con nadie, no pregunte nada. En una hora deberá salir por esa misma puerta y hacer este mismo trayecto para regresar. Si no logra hacerlo, lo sacaremos nosotros secretamente, pero no se asuste, despertará en algún lugar que Ud. reconocerá fácilmente.

Mi guía se detuvo frente a una pesada puerta de hierro, con una leyenda en bronce que invocaba: Ianua Vitae Novae (Puerta de la Nueva Vida). Me coloqué la cabeza de ibis y traspuse el portal. Adentro todo era penumbra. Una mínima voz me indicó bajar por la escalera. Al iniciar el descenso percibí una melodía; no era un réquiem, nada de eso, sonaba el suave y embelesante intermezzo de Cavalleria rusticana que inducía a una paz gozosa y terrenal. Al final de la escalera, una sala tapizada por pulidas placas de bronce, nombraban a científicos de todos los siglos; solo eso y ningún muerto. En el mero centro del espacio, bajo un haz violeta, había un cofre cerrado; a su alrededor, una docena de picos de ibis le apuntaban. Increíblemente todos allí tenían cabeza de ibis. Todos éramos dios Thot.

La música ahora era la Sinfonía del nuevo mundo y, junto al cofre, surgió un holograma: la figura del archiconocido mega millonario Dilon Matt fue apareciendo lentamente. La imagen giró lentamente sobre sí, como mirándonos, al tiempo que saludaba. Cesó la música y comenzó a hablar:

—Bienvenidos. Gracias por responder a mi llamado. Ustedes son los Thot de la sabiduría y han sido elegidos por su condición de hombres y mujeres de ciencia. No se sorprendan por haber optado todos la misma imagen para esta cita. Nada es casual, no es el azar, todo tiene un sentido. La convocatoria estaba diseñada para inducir esa elección. Ustedes han sido seleccionados y dirigidos por nuestra IA para presentarse como dioses de la sabiduría, dispuestos a entrar por la Puerta de la Nueva Vida y conducir a la humanidad hacia una nueva era. Los invitamos a participar del proyecto más fantástico en la historia de la humanidad: «El SER ETERNO», el hombre inmortal. Este cofre aquí, contiene la clave para lograrlo; dentro hay doce sobres, cada uno tomará el suyo. Pronto volveremos a encontrarnos —. Tras lo dicho, la imagen se esfumó.

La tapa del cofre se abrió por completo y cada cual tomó un sobre. Lentamente fuimos saliendo de allí en fila india hacia la escalera.

Afuera el silencio era total. A medida que salíamos, nos detenían el tiempo necesario para distanciar uno de otro, al tiempo que nos entregaban una carpeta. En el trayecto hacia la salida debíamos mantenernos en silencio. En el camino me quité la máscara y seguí hacia la salida mientras trataba de dilucidar la verosimilitud de lo vivido; ¿será broma o qué…?

Llegué a casa; lo primero que hice fue abrir la carpeta. Me encontré con tres vouchers: un vale por un robot humanoide, otro por un 0Km alta gama, y el tercero, por un millón de dólares en criptomonedas. Pero todo esto… ¿Por qué y para qué?, pensé.

Abrí el sobre que tomé del cofre; también estaba lacrado con el sello de IVN. Contenía un iPhone; al iniciarlo mostró un mensaje: los objetivos del proyecto de investigación para «La Nueva Era».
La curiosidad es una característica esencial de todo investigador, de modo que, con el impulso de resolver la intrigante propuesta, me puse a analizar de qué se trataba. Para resumirlo, yo debía seleccionar una persona de mi círculo próximo a la que pudiese monitorear diariamente, si fuera conviviente mejor. Debía inocularle un microcircuito que se alojaría en forma permanente en su cuerpo, desde donde se controlarían sus funciones vitales y emocionales, es decir, cuerpo y mente. El chip monitorearía los parámetros vitales y la IA —Inteligencia Artificial—, decidiría e implementaría los ajustes necesarios.

Mi pareja estaba sentada a mi lado, muy ensimismada en su lectura de Así habló Zaratustra. Miré por la ventana; el día soleado y cálido de la primavera tardía invitaba a caminar por la vereda de los deshojados pero florecidos jacarandás. Me acerqué a Ame, le di un beso en la frente que la rescató de su concentración; le propuse ir esa noche a cenar a la parrilla donde vamos siempre. Volvió sus ojos al libro y me devolvió un escueto —bueno— y siguió leyendo.

Antes de salir de casa, metí todo lo que me dieron en un sobre de papel madera, menos el celular. Al llegar a la parrilla le dije a mi amigo el parrillero:

—Cacho, ¿podés quemar estos papelitos?
—Dale doc, dame que los hacemos humo.
—Gracias flaco, la humanidad te lo agradece.
—Boludo, no es para tanto…

¿El iPhone?… está hundido en el fangoso fondo del Riachuelo dentro de un bloque de hormigón para evitar la contaminación de la vida en la tierra.

FIN