CRIMEN EN EL GRAN CIRCO SPLENDID

Por: José Pablo Sabatino, UPAMI

El Gran Circo Splendid en Mataderos estaba convulsionado. No sólo por estar cancelada la primera función en ese baldío, lo cual hacía peligrar los ingresos por varios días y la comida por varios más, sino también por la policía rebuscando por todos lados e indagando en ciertos aspectos más de lo que quisieran algunos de sus integrantes, ya que eso podía comprometer la precaria convivencia de la pequeña comunidad circense.

Por cierto la desaparición del Gran Maurice, el acróbata, ya estaba sonando en el Splendid a algo más que una simple desaparición.

Los celos artísticos, rivalidades de larga data y competencias por liderazgos, cartel y dinero enturbiaban las relaciones personales. Además ese cerrado micromundo estaba impregnado de amores y amoríos, estables y cancelables, blanqueados u ocultos, rotos y despechados, con el aporte de la cuota transversal de cruzados y rotatorios.

En fin, todo eso comenzó lentamente a aflorar mediante miradas o frases sugestivas y afilados o descarnados comentarios por parte de unos y otros de manera que, en un momento dado de la indagación policial, circulaban ante los investigadores ya sin ningún cuidado y se exhibían sin pudor.

Teniendo ya un panorama general del ambiente, y con la sospecha firme del crimen, por no decir certeza al faltar el cadáver, el que estaba a cargo de la investigación consideró conveniente no perder más tiempo e intensificar la búsqueda de elementos materiales que orientaran en forma definitiva la investigación.

Además de ordenar otras medidas adicionales a las ya en marcha, solicitó el apoyo de la Brigada Canes. De Jefatura destacaron a Mutt y Jeff con sus respectivos agentes guías.

A Mutt le tocó una zapatilla de baile del Gran Maurice y a Jeff le asignaron una camiseta fucsia sudada con las letras góticas en dorado GM.

Divididos, pasearon a sus guías por los lugares más insólitos y recónditos del Gran Splendid. Uno por la carpa y jaulas, otro por el perímetro y las casillas rodantes en búsqueda del Gran Maurice.

Un momento de tensión fue cuando Mutt se detuvo largo rato merodeando ante la casilla de la pareja del Conde Orloff, el domador, confirmando así, no sólo a los investigadores sino también a la maledicencia circense del Gran Splendid la asiduidad de las visitas del Gran Maurice a la misma. A la mayoría del Circo, desde antes, no le cabía duda alguna.

Al final Mutt se detuvo frente a la jaula de los leones, donde ya estaba Jeff, echado mirando la jaula.
-“¿Qué me decís?” –dijo Mutt.

-“Para mí está acá, seguro -afirmó Jeff – haceme pata”.

-“Oka –confirmó Mutt en su escueto léxico policial al tiempo que se echaba- Para mí también hasta aquí llegó mi amor. Voy a empezar a hacer bardo, a ver si levantamos la perdiz”. Y comenzó a ladrar furiosamente en dirección a la jaula.

Los leones estaban echados, somnolientos. Los ladridos de Mutt, sumados a los de su compañero, hicieron que se levantara la leona joven. El animal recordaba un xilofón por la forma en que se le marcaban las costillas. Los demás, también molestos por los ladridos, empezaron a salir de esas habituales y largas siestas a las que te reduce el cautiverio. En forma perezosa se levantaron y se movieron lentamente mostrando sus flancos.

-“Ves –afirmó Jeff con seguridad- lo mató el domador y se lo dio a comer a los leones”.

-“¿Por qué decís eso?” –tanteo Mutt.

-“¿No te das cuenta que son flacos y están panzones?” -explicó Jeff.

-“Ojalá nuestros colegas -dijo esperanzado Mutt- encuentren en la leonera algo del Gran Maurice. Por lo menos un huesito digo yo, para que los ponga en pista y así se termina el asunto”.-

Nota. Leonardo Castellani tiene un cuento de tigres, crimen y circo protagonizado por un detective particular y localizado en el medio rural del Norte de Santa Fe que leí hace por lo menos sesenta años y del cual recuerdo lo de “flacos y panzones”.