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Alrededor de 10.000 chicos viven en hogares convivenciales en la Argentina y muchos esperan años a que la Justicia defina su futuro. El acogimiento familiar busca que esa espera transcurra en una casa: una familia voluntaria recibe a un bebé y lo cuida hasta que un juez decide si vuelve con su familia de origen o si es dado en adopción. No se trata de adoptar, sino de ser un puente.
Macarena Sola Prats y Charlie Brave son familia de acogida desde hace diez años, junto a sus dos hijos, a través de la Fundación Juguemos y Caminemos Juntos. Todo empezó con una idea de Macarena, que siempre soñó con una familia numerosa: lo hablaron en casa y acordaron probar una vez y frenar si costaba demasiado. Llegó Oscar, con poco más de un mes. Desde entonces pasaron 8 bebés por su casa y hoy cuidan a un niño más grande de casi 4 años.
Lo que más los marca es ver cómo un bebé aprende a confiar. Llega con los puños cerrados, y después de días o semanas abre las manos y sostiene la mirada: ahí saben que ya se siente en casa. De su historia saben muy poco, apenas lo médico, y con el tiempo Macarena dejó de juzgar a las familias de origen: para ella, llegar al final de un embarazo ya es un acto de amor, hecho de la manera en que se pudo.
El primer miedo es el adiós. Cuando aparecen los padres adoptivos empieza la vinculación, de a ratitos y con rutinas cada vez más largas. Los bebés lo sienten en el cuerpo, con dolor de panza, fiebre o noches sin dormir, y la familia baja el ritmo. Macarena arma para cada uno un cuaderno con fotos y un cuento en primera persona, además de un “manual de instrucciones” con lo que lo hace feliz. La noche de la despedida hay silencio en la casa, ordenan y lloran. Pasa casi un año entre un bebé y otro, y sus hijos preguntan si están listos antes de recibir al siguiente. Aun así siguen en contacto: cada cumpleaños de Charlie invitan a todas las familias, y hay chicos que abren las alacenas como si siguieran viviendo ahí.
El segundo mito es que hace falta plata o una casa grande. Según Macarena, no hay ningún requisito económico y la fundación acompaña con lo médico. Los requisitos son no estar anotados para adoptar y tener hijos mayores de cuatro años. Para ella, los únicos límites son las ganas.
Todo ello demuestra que el acogimiento no decide cómo termina la historia de estos chicos, pero sí cómo empieza: en una casa, con alguien que los esperó, los cuidó y los despidió sabiendo que valió la pena.